domingo, 5 de mayo de 2013

¿PARA QUÉ DISCUTIR? Cinco años de blog y una cita.


“Por este motivo sienten los filósofos escasa afición por las discusiones. Todos los filósofos huyen cuando escuchan la frase: vamos a discutir un poco. Las discusiones están muy bien para las mesas redondas, pero el filósofo echa sus dados cifrados sobre otro tipo de mesa. De las discusiones, lo mínimo que se puede decir es que no sirven para adelantar en la tarea puesto que los interlocutores nunca hablan de lo mismo. Que uno sostenga una opinión, y piense más bien esto que aquello, ¿de qué le sirve a la filosofía, mientras no se expongan los problemas que están en juego? Y cuando se expongan, ya no se trata de discutir, sino de crear conceptos indiscutibles para el problema que uno se ha planteado. La comunicación siempre llega demasiado pronto o demasiado tarde, y la conversación siempre está de más cuando se trata de crear. A veces se imagina uno la filosofía como una discusión perpetua, como una "racionalidad comunicativa", o como una "conversación democrática universal". Nada más lejos de la realidad y, cuando un filósofo critica a otro, es a partir de unos problemas y sobre un plano que no eran los del otro, y que hacen que se fundan los conceptos antiguos del mismo modo que se puede fundir un cañón para fabricar armas nuevas. Nunca se está en el mismo plano. Criticar no significa más que constatar que un concepto se desvanece, pierde sus componentes o adquiere otros nuevos que los transforman cuando se lo sumerge en un ambiente nuevo. Pero quienes critican sin crear, quienes se limitan a defender lo que se ha desvanecido sin saber devolverle las fuerzas para que resucite, constituyen la auténtica plaga de la filosofía. Es el resentimiento lo que anima a todos esos discutidores, a esos comunicadores. Sólo hablan de sí mismos haciendo que se enfrenten unas realidades huecas. La filosofía aborrece las discusiones. Siempre tiene otra cosa que hacer.”


Gilles Deleuze y Felix Guattari, ¿Qué es la filosofía?

jueves, 2 de mayo de 2013

CRÍTICA EN SERIE. LA TEORÍA DE LA DOBLE H Y EL DISFRAZ ALEGÓRICO



[Este texto es un fragmento de un seminario sobre Filosofía, política y televisión, diciembre de 2011]



 “No es ni puramente arte, ni sólo entretenimiento, no sé si estoy realmente en lo uno o en lo otro. Estoy en otra parte"
Julie Taymor. Productora . Walt Disney

1.
Jorge Carrión en su libro Teleshakespeare señala, con acierto sin duda, que el hecho de que las series americanas posean un carácter planetario y global “no [las] exime de su potencial crítico: mientras que los personajes, las historias y el mundo creados suscitan empatía o rechazo, la cultura estadounidense que representa es examinada por el espectador internacional desde una actitud proclive al análisis y al cuestionamiento. El hecho de que las series mantengan una línea editorial implacable con la sociedad y, sobre todo, con la política norteamericana favorece esa actitud microcrítica”. Ahora bien, ¿es tan sencillo? ¿No hay algo de condescendiente desprecio en este hecho por parte de esas series? ¿Puede ser real esa disposición crítica? O dicho en otros términos ¿qué función ejerce una serie de televisión si la desplazamos de su contexto de entretenimiento y la convertimos en un dispositivo intelectual? ¿Hay algo de crítico en este simple hecho? ¿Y cuánto hay de fetichismo? Las palabras siguientes, y por ello les pido paciencia, son simplemente una sucesión de ideas aún por armar, y por lo tanto aún por sostener, lo reconozco, pero no cabe duda de que es necesario mantener siempre la posibilidad de ver cada situación desde otro ángulo de identificación (o desidentificación).

2.
Dicho esto, si colocamos, por ejemplo, las series sobre su trasfondo económico y mercantil (HBO, Time Warner…) esta posibilidad crítica se nos muestra como una crítica blanda, como de pose, cuyo objeto es puramente mostrar el recinto que puede ser criticado, sin proponer transformación alguna. Es decir, ejercer una crítica bañada a través de la muestra de imágenes; imágenes que recogen la herencia técnica del cine de autor, o mejor dicho, su apariencia (del mismo modo que el corte inglés recoge la apariencia de tergiversación situacionista para su publicidad). De esta forma, del cine de autor interesa su efecto de alta cultura —su carácter técnico—, pero obvia su causa. La serie The wire podría ser el lugar para la crítica y para muchos teóricos lo es de un  modo paradigmático, por eso la elegimos como ejemplo. Para algunos esa crítica se establece —sin prescripciones, sólo como descripción— desde la imagen, aunque considerando que en la serie no hay crítica social sino “una cuestión de sensibilidad”, mientras que para otros el proceso crítico consiste en el reflejo literario de las calles de Baltimore: “lo que interesa es diseccionar las entrañas de la ciudad al mismo tiempo que sucede lo propio con las de los personajes”. Mostrar es el objetivo. El propio realizador de la serie, David Simon, lo reafirma: “Cuando se le da rienda suelta al capitalismo desaparecen los derechos de los trabajadores porque los trabajadores se convierten en sólo una herramienta del capitalismo, dejan de ser seres humanos. Si estás en lo alto de la pirámide productiva y te beneficias de esta dinámica, fenómeno; pero si estás en la parte de abajo, eres una víctima. Por eso EE UU es un país más brutal e indiferente que otros, sin interés alguno por compartir los beneficios entre toda la comunidad. Eso es The Wire: una declaración política de principios.” Pero ¿es ésta la cuestión? ¿es así realmente? Veámoslo desde otra perspectiva. Cuando Walter Benjamin en El autor como productor analiza las posibilidades críticas de la Nueva Objetividad las cuestiona, debido al hecho de su proceder como objeto de mercado, como muestra acrítica cuyo destino no es otro que la moda. Algo así, en la distancia, podría señalarse de las posibilidades críticas de una serie de televisión como The Wire. Escribía Benjamin lo siguiente: “la Nueva Objetividad ha hecho de la lucha contra la miseria, a su vez, un objeto de consumo”. Hacer de la miseria un objeto de consumo, una moda, ésa podría ser otra descripción de lo serial. The Wire, vista no como entretenimiento (en este sentido es una serie impecable, fabulosa) sino con intenciones críticas escondidas y sobreintelectualizadas, y sobre todo como productora de conocimiento, no cumple más que su función de hacer de la miseria objeto de consumo a través de la estilización y la técnica. Se trataría de un abastecimiento de imágenes que no aportan ninguna transformación, “es —tomando a Benjamin— un procedimiento criticable aunque los materiales de que se abastece parezcan de naturaleza revolucionaria”. Hablamos, así, de moda disfrazada de crítica.

3.
Frédéric Martel, en su Cultura Mainstream, lo expone en su diálogo con John Nye, profesor de Harvard y colaborador de Obama en las estrategias de difusión cultural. Nye ha difundido la idea de soft power.  “Es la idea —señala Martel— de que, para influir en los asuntos internacionales y mejorar su imagen, Estados Unidos debe utilizar su cultura y no su fuerza militar, económica e industrial”.  Afirma Nye lo siguiente: “El soft power es la atracción y no la coerción. Y la cultura norteamericana está en el corazón mismo de ese poder de influencia tanto si es high como si es low, tanto en el arte como en el entertaiment, tanto si se produce en Harvard como si se produce en Hollywood”. Esta doble H (Harvard-Hollywood) es la que los grandes monstruos económicos y mediáticos tratan de absorber o de atraer. Es decir, que a través de la estratificación de tramas sea posible captar y capturar tanto al profesor de Harvard como al adicto a las películas de Hollywood. Y añade Nye en su entrevista con Martel: “pero el soft power también es la influencia a través de los valores, como la libertad, la democracia, el individualismo, el pluralismo de la prensa, la movilidad social, la economía de mercado y el modelo de integración de las minorías en Estados Unidos. […] Y no hay que olvidar que nuestra influencia se ve reforzada por Internet, Google, You Tube, MySpace y Facebook”. De alguna forma, la idea (esa inquietante nuestra influencia) es la consolidación de las series de televisión —que luego sean descargadas o compradas, pero han de pasar por la televisión—, así como de todo el amplio espectro cultural americano, del arte al entretenimiento, que no muestren un sentido de coerción, sino series que al construir muestren una autocrítica moderada al sistema americano pero que haga factible una visión idílica de su (nuestra) realidad. La idea de exportación de la cultura implica una acción a diferentes niveles, creando en el objeto de entretenimiento tejidos que van dirigidos a espectadores diferentes como guiños hacia su cultura. De esta forma saben oscilar perfectamente —midiendo los tiempos— entre la alta y la baja cultura, entre guiños a los seguidores de Antonioni y llamadas a los fans de Beyoncé. La descontextualización nos eleva más allá del producto cultural. En el caso del cine y de la televisión ese soft power se hace evidente a través de la construcción de una complejidad interna que sea capaz de atraer a todo tipo de espectador (tanto a la profesora de universidad especialista en semiótica como a la ama de casa que prepara la cena), y para ello se crean tramas, subtramas, metatramas, construidas a partir de personajes de diferentes razas, credos y sexos, etc. Mostrar la vida americana en su multilateralidad para que ese poder sea más efectivo, y aparentemente, por ello, tenga un componente crítico. Las series como fenómeno de masas se convierten, así, en multitextos maleables. O dicho de otro modo: reunir lo disperso (culturalmente) en un solo producto, que termina por ser fetichizado en muy diversos niveles.

4.
“El espectador no debe necesitar ningún pensamiento propio: el producto prescribe toda reacción […] Toda conexión lógica que requiera esfuerzo intelectual es cuidadosamente evitada”. Esta idea, expresada por Adorno y Horkheimer en su trabajo La industria cultural, a pesar de poder resultar ingenua  (que lo es) es lo que precisamente ha sido dado la vuelta por la propia industria cultural. Es decir, la idea de que el universo espectacular-televisivo-medático que nos rodea impide todo pensamiento propio, o que de darse este pensamiento sería ficticiamente propio ya que se nos ha lavado el cerebro, fue durante décadas el lema de muchos teóricos de izquierda. Se solía decir que una de las señas de identidad de la industria cultural es, precisamente, su opacidad a todo pensamiento. La necesidad de imposibilitar la apertura reflexiva es lo que implica que todo pensamiento aparte sea un pensamiento desde fuera del hecho espectacular, y por lo tanto, inoperante. Este podría ser, de modo muy resumido, el extraño idilio entre pensamiento y espectáculo, entre arte y entretenimiento. Sin embargo, la industria cultural ha desarrollado o posibilitado  en la actualidad (a través de su disfraz como industria creativa) la construcción de un pensamiento a través de los itinerarios que ofrece el propio espectáculo. De esta forma comenzaron a surgir teóricos y escritores que vieron en la cultura del entretenimiento una nueva forma de verter en ella su conocimiento, señalando que las series son “conocimiento disfrazado de entretenimiento”. “Si el intelectual no viene a mí —dice la industria serial— introduzco lo intelectual dentro de mí sin olvidar mis “otros destinos””. El disfraz está dentro, en el interior. Y aquí, en este proceder teórico, en este proceder carnavalesco, es donde se produce la construcción alegórica, en tanto que la teoría extrae a las series de su contexto, cegando en la mayoría de las ocasiones la posibilidad de cuestionar la genealogía económica de esas producciones. Es decir, el alegorista no inventa las imágenes, simplemente las confisca, extrayendo de ellas lo que es culturalmente significativo. El alegorista no resitúa las imágenes en el sentido de buscar el significado original que podía haberse extraviado. Ahora bien, tampoco se trata de hermenéutica. Es, evidentemente, una nostalgia del quehacer posmoderno.  El alegorista desactiva, por lo tanto, la posibilidad de ver la serie como entretenimiento haciendo de ella un producto maleable (un tercer lenguaje), inservible más allá de determinados juegos malabares con los que pretende situar lo estudiado en su propio recinto de pensamiento. Pero al mismo tiempo, ese alegorista elimina y asordina toda posibilidad de cuestionar los fundamentos económicos y políticos de las series, al situar fuera de su origen ese producto. ¿Está entonces el intelectual atrapado en su propia paradoja en su propio disfraz?

miércoles, 10 de abril de 2013

SOBRE “NORMALIDAD DE LA CRISIS / CRISIS DE LA NORMALIDAD”, DE LUCIANA CADAHIA Y GONZALO VELASCO (eds.), Katz, 2013



1.
(Un preludio divagatorio que no viene a cuento)

En el Crátilo Platón se pregunta por la relación que existe entre las palabras y su referente. Esta pregunta le lleva a situaciones cuanto menos rocambolescas. Es más, no queda resuelta con claridad la posición del propio Platón. Frente a la teoría convencionalista (que tergiversa el punto de partida de Protágoras) y también frente a la postura naturalista que defiende Crátilo según la cual hay una dependencia estrecha entre las palabras y las cosas, Platón va basculando. Hacia el final del diálogo Crátilo insiste en ello: “el que conoce los nombres, conoce también las cosas”. Pero ya antes le había planteado esta misma cuestión a través de una pregunta sutil: “¿Pues cómo es posible, Sócrates, que si uno dice lo que dice no diga lo que es?”. Evidentemente, Sócrates da la vuelta a toda esta argumentación, aunque, ciertamente, su postura no esté del todo clara, al menos en este diálogo. Es decir, Sócrates no va a negar en esta ocasión que no se puedan conocer las cosas por sus nombres pero que ésta es una fórmula sometida a la fragilidad del error (como errada es la mimesis). En cambio, apunta, “no es a partir de los nombres, sino que hay que conocer y buscar los seres en sí mismos más que partir de los nombres”. En cualquier caso, para llegar a esta conclusión, Sócrates, Crátilo y Hermógenes desarrollan toda una extensa (y por momentos delirante) obsesión etimológica con el fin de saber si existe relación entre el origen de las palabras y aquello a lo que se refieren.
2.
En Normalidad de crisis / Crisis de la normalidad no se menciona, al menos eso creo, el Crátilo ni una sola vez. ¿Por qué debería de citarse? Es cierto. No hay ninguna necesidad de ello. Este libro, coordinado por Luciana Cadahia y Gonzalo Velasco constituye una muy importante aportación a la reflexión sobre el presente. Y por sus páginas discurren reflexiones y críticas de hondo calado. Es cierto que no todas son lecturas que mantienen el alto voltaje necesario para pensar la crisis. Ahora bien, en determinados momentos y fundamentalmente en la parte final del libro titulada “Crisis y política”, hallamos algunas aportaciones filosóficas sobre el presente que se aproximan con solidez a la pregunta por la crisis. Y sobre esa parte incidiré a continuación más en profundidad, sin olvidar, obviamente, el resto de textos del libro.

3.
Pero volvamos al Crátilo. ¿Por qué lo traigo a colación? Una de las cuestiones que más llaman poderosamente la atención es la obsesión en buena parte de los trabajos de este libro en incidir en la posible relación directa entre la palabra crisis y la “crisis” como fenómeno que “recorre al sujeto” en la vida ordinaria. Parecería como si destripando la palabra, hallando su tuétano, estuviéramos más cerca del fenómeno, como le ocurría al mismísimo Hermógenes en su diálogo con Sócrates. Veamos. Parece que la crisis es un concepto que remite a un estado de cambio o mutación, y que, asociado a la medicina, indica un cambio tendente a la curación o a la muerte. En la mayoría de los trabajos del libro (o en casi todos) se parte de la etimología de la crisis suponiendo que del concepto dimana el objeto, obviando la salida de Platón en el Crátilo: “no es a partir de los nombres, sino que hay que conocer y buscar los seres en sí mismos más que partir de los nombres”. ¿Está la crisis en el concepto de crisis? Dicho esto, me parece imposible (o al menos muy difícil) señalar o deducir que esta reconstrucción etimológica nos diga algo exactamente de la realidad, más allá de un posible juego metafórico. O dicho de otra forma, el problema no está en la palabra crisis. Considerar que el problema reside en la palabra crisis conlleva el problema implícito de considerar que esta crisis es una crisis exclusivamente “moral”, “de valores” o “conceptual”, y que de alguna manera —otro giro argumentativo— si despejamos la incógnita conceptual parecería más fácil salir de la crisis (y quizá por extensión solucionar la vida a esas personas que están dentro de la crisis). Creo que las reflexiones que se sitúan únicamente en este “marco catequista de los valores” quedan representadas efectivamente en la anécdota que narra Wittgenstein según la cual un tipo se pasaba billetes de una mano a la otra y pensaba que estaba haciendo un gran negocio.
            No quiero decir que haya una obligación directa en el filósofo de intervenir en lo social, pero sí de ser consciente de la distancia.
4.
Dejando de lado la obsesión de algunos autores por la etimología, tenemos una aportación sumamente interesante. La apuesta de Luciana Cadahia y Gonzalo Velasco es certera, y se observa desde el principio: “El ritual mágico-jurídico de la austeridad debería devolver la confianza en los mercados. Pero detrás de este velo de maya de la restauración, tiene lugar una profunda transformación de la naturaleza misma de la sociedad. Ahora bien, el sacrificio de la austeridad supone no sólo la desaparición de los derechos básicos de los ciudadanos, sino el precio que los países de la Unión Europea deben pagar para volver a ser fiables”. La paradoja estriba en que para estar mejor es necesario estar peor, pero esos criterios de “mejor” y “peor” son manejados desde fuera de la órbita social. La crisis, por tanto, “se convierte en un mecanismo de normalización y ocultamiento de los cambios que precisa el actual poder para seguir expandiéndose. […] Por tanto, deberíamos hablar de una crisis previsible”, lo que viene a significar que la crisis ha de entenderse como un caso necesario de autorregulación por parte de los sistemas financieros. No obstante, la argumentación “estatal” se desvía hacia una “culpa generalizada” de los ciudadanos los cuales seríamos responsables (no corresposables, sino directamente responsables) por haber vivido por encima de algo llamado “nuestras posibilidades”. Partiendo de esta idea, el libro busca “identificar el dispositivo discursivo de la crisis y desarticular los mecanismos de poder que en él operan. No obstante, el valor político de esta tarea reconstructiva es insuficiente si no está atenta a inteligencia implícita que nace de la experiencia popular de la crisis  y de la manifestación colectiva de su rechazo”.
5.
Partiendo de estas tesis expuestas por los compiladores de modo directo se desarrollan los textos. La apuesta, como ya he dicho, nace con el doble objetivo de identificar y desarticular desde la teoría los mecanismos que “soportan” la crisis y, por otro lado, al mismo tiempo, no perder de vista la experiencia popular de la crisis. Es en este doble movimiento donde hallamos la idea que fundamenta este libro. Para Gabriel Aranzueque el problema estaría en el concepto de deseo. Según señala estamos tan acostumbrados a obedecer que dicho mecanismo imposibilita que deseemos lo contrario. Precisamos “desear más” señala como conclusión. David Sánchez Usanos concluye con otro “deberíamos”: “deberíamos poder ocuparnos de cuestiones políticas, económicas o sociales sin tener la impresión de que al hacerlo estamos renunciando al pensamiento. Hemos de desterrar la funesta idea de que reflexionar sobre lo cotidiano equivale a envilecerse”. En la sección “Crisis y ontología” escribe Patxi Lanceros “Crisis es un nombre —singular— para designar esa plural nebulosa con vocación de clausura”. Y es que en este caso, por ejemplo, la crisis abandona su lugar sobre la tierra para convertirse en un problema más bien conceptual y moral que una “experiencia popular”.
            El libro encierra aportaciones de interés, sin duda. Aparte de los autores mencionados, cabría citar los trabajos de Antonio Gómez Ramos, Ana Carrasco-Conde o Alberto Pirni. Todos ellos, como el resto del libro, llenos de espacios para la discusión. Es decir, estados para-no estar-de acuerdo en todo momento, lo que convierte a éste en un libro a tener en cuenta.

6. 
Desde una postura personal, considero la tercera sección, titulada “Crisis y política”, la sección más certera del libro, y la de mayor enjundia discursiva. En ella se desgranan algunas de las ideas de las que es posible extraer elementos de discusión y que tienen la capacidad de enriquecer el debate desde la izquierda. Valerio Rocco, por ejemplo, expone lo siguiente: “Nuestro objetivo es analizar el papel jugado por las configuraciones estatales en el marco de la actual crisis económica, y ello en dos sentidos”. Uno de esos sentidos es la consabida “polisemia de la palabra”, y el segundo, el más interesante desde mi punto de vista,  es la pregunta acerca de cómo la crisis desplaza inevitablemente su sentido o, más bien, comprime desde múltiples flancos a las instituciones y al propio concepto de “estado”. Lo que nos dice es que el “Estado queda […] comprimido entre las (¿legítimas?) demandas de la sociedad civil y  de los individuos subsumidos bajo él, por un lado, y el chantaje de la sociedad civil internacional y los individuos-magnates bajo s que se subsume, por otro”. Retomando la teoría del doble vínculo de los psiquiatras podríamos decir que el Estado se halla más que en crisis en un estado paradójico propio del sujeto esquizofrénico, un cuerpo sometido a su propio sinsentido. En este caso, la tarea del filósofo, apunta Rocco, sería la de denunciar la anormalidad de la crisis y su irracionalidad. El problema, creo, estaría en cómo “rellenar” conflictivamente la palabra denuncia.
            Por su parte, el trabajo de Luciana Cadahia trata de reactivar el concepto de dispositivo. Escribe certeramente: “El principio que trata de regular a las sociedades contemporáneas hace de la crisis el dispositivo mediante el cual crea, rechaza y neutraliza su propio antagonismo”. La crisis se construye como sistema o dispositivo que posibilita “reorganizaciones progresivas”. Cadahia apuesta por poner en crisis este sistema. Si se me permite se trataría de, usando jerga de Gregory Bateson, afirmar que la crisis no es un contexto o un marco de referencia sino una etiqueta que rotula un conjunto, pero sin embargo ese conjunto puede ser puesto en crisis, puede ser desplazado. ¿Cómo? He ahí la pregunta. Este tema pone sobre la mesa otro, es decir, el tema de las revueltas sociales. ¿Pueden las revueltas ser una forma de buscar ese desetiquetado que instaura la crisis? Al final de su trabajo Luciana Cadahia es de nuevo directa: “no encontramos la preposición adecuada para describir el vínculo de las sublevaciones con respecto a las instituciones, pues las sublevaciones y las resistencias no pueden hacerse exclusivamente contra la institución, ni mucho menos ante la institución, ni mucho menos desde la institución. Se trataría de pensar una pre-posición tal que nos permitiera establecer un juego de posiciones simultáneas en uno y otro lado de la oposición. […] Quizá sea entre los límites del derecho y las instituciones y las sublevaciones donde se juega las distintas posibilidades, aún no calculadas, del dispositivo de la crisis”.
            La sección se cierra con dos interesantes aportaciones: “Crisis y Orden Mundial en perspectiva histórica” de Alex Colás y “Crisis de la construcción social de la normalidad capitalista” de Gonzalo Velasco, que cierra el libro. Precisamente Velasco apunta de nuevo la idea que vertebra algunas de las aportaciones más interesantes de este libro: “Lo que se está rechazando desde las plazas públicas es el prejuicio biopolítico según el cual tras la crisis hay siempre una recomposición de la normalidad (de la salud)”. Pero quizá no deberíamos olvidar que la normalidad no es otra cosa que un “marco de referencia”, un rotulado (provisional) cuyas paradojas y patologías estamos en condiciones de poner en cuestión en su totalidad (y fragmentariedad). Paradojas y patologías que la experiencia popular de la crisis trata de identificar.

7. 
O dicho en otros términos, no se trataría de hablar de normalidad de la crisis ni de la crisis de la normalidad sino de alcanzar la posibilidad de salirse de este “doble vínculo” (prototípicamente paradójico)  con la finalidad de identificar la propia patología de ambos conceptos. Una tarea que se apunta hábilmente en este libro y que constantemente está por hacer.


martes, 2 de abril de 2013

APUNTES CONTRA LA JERGA DE LA CLARIDAD Y OTRAS EXCUSAS A PARTIR DE “QUIEN MANDA UNO” DE PABLO LÓPEZ CARBALLO (COMO EXCUSA)



La alegoría no es más
que un espejo que traslada
Calderón de la Barca

1.
[Formas odiosas de comenzar una entrada de blog (1): “Llevaba un tiempo dándole vueltas a la posibilidad de escribir una entrada”. Sin embargo, formas que uno acaba reproduciendo]

2.
Llevaba un tiempo dándole vueltas a la posibilidad de escribir una entrada en este blog que se titulase “La jerga de la claridad”. El tema empezaría de esta forma: existe una especie de impugnación de totalidad hacia aquello que muestre mínimamente (o máximamente) formas e intereses abstractos, teóricos, complejos… llámese como se quiera. Se dice habitualmente eso de “hay que ser claros” suponiendo que existe una relación directa entre el lenguaje y la realidad; siendo el nombre de esa relación “lo claro”, que sirve de perfecto y omnicomprensivo vaso comunicante. O dicho en otros términos: se viene a suponer que la palabra “mierda” está más cerca de la realidad que la palabra “excremento”, aunque sencillamente no es así. Tan sólo los sujetos, en sus procesos de aceptación de marcos psicológicos de referencia, acercamos esas palabras a la realidad. Si ponemos, por ejemplo, juntos dos poemas, supongamos que uno de David González y otro de Marcos Canteli, en apariencia distantes tanto temática como formalmente, sería poco razonable sostener que uno “habla más” que otro sobre la realidad.  Sería estúpido. En lugar de eso lo que tenemos, según opino, son dos formas de producir sentido y de crear marcos de referencia, es decir, se producen a sí mismos como poemas en tanto que estructuras del lenguaje que pugnan con eso inexpugnablemente idiota que es la realidad. De este modo, la poesía es simplemente un juego de superficies siendo el lenguaje el elemento productor de sentidos. Por lo tanto la jerga de la claridad es como cualquier otra jerga. Decía Barthes que la jerga de la claridad se aprende socialmente como se aprende la jerga de la ciencia o cualquier otra jerga, como se aprende un idioma o a saltar a la comba. No obstante, por costumbre, tendemos a sostener que la claridad es consustancial a lo real, siendo la claridad y su jerga, recuerda Barthes, una construcción burguesa. Llevaba tiempo pensando cómo desarrollar esta idea en el ámbito poético. Ha sido la lectura de un libro de poemas lo que me ha sugerido la siguiente entrada. No quiero decir que este libro sea paradigma de nada sino muestra de un caso.

3.
Quien manda uno es el segundo libro de poemas de Pablo López Carballo tras Sobre unas ruinas encontradas. Las diferencias entre ambos libros son importantes, aunque no es esa diferencia la que aquí nos interese ahora. Si nos centramos en su último libro es evidente que la apuesta es el lenguaje. El lenguaje es el territorio de estos poemas, pero no entendido como una simple disposición para el sentido sino, al contrario, el lenguaje como constatación de su propio sinsentido. Así lo apunta el primer poema del libro:

Tocado y convertido
en lenguaje.
Su distancia sin distancia con las ideas,
agraz espesor del blanco caravana.
El detalle ampliado,
raigón inverso.
Adelante.

Dicho en otros términos: el lenguaje pierde su aspecto referencial para abrirse hacia otros lugares. Podríamos ver esta experiencia del lenguaje como una forma de alegorizar sobre el propio lenguaje, pero sobre todo acerca del concepto mismo de poema. La palabra se vacía por completo de su sentido (he ahí el impulso alegórico) para conformar todo su despliegue hacia una forma de pensar sobre sí misma, sin olvidar su capacidad comunicativa. La poesía de López Carballo (insertándose en cierta línea de tensión dentro de la poesía española reciente donde podríamos ubicar también a poetas como Marcos Canteli o ciertos aspectos poéticos de Mariano Peyrou, por apuntar sólo dos ejemplos) es una poesía que tiende a transformar conceptualmente el marco de referencia del lenguaje poético. Se trata de poemas donde no se pretende descalificar el aspecto comunicativo del lenguaje (consideramos que no es posible no comunicar, y ésa sería la hipótesis de partida) sino cuestionar la concepción racional del lenguaje comunicativo. De esta forma esta poesía —se cuestione o no desde la crítica— está labrando un ejercicio lingüístico de impugnación de las relaciones absolutas y lógicas entre el lenguaje y la realidad. Si la realidad (la realidad de primer orden, es decir: la de los objetos que están ahí afuera) es idiota, como ya señalase Rosset, el sinsentido puede ser una toma de conciencia de esa idiotez de lo real. Pero más allá de eso esta poesía, que algunos poetas desarrollan con sumo interés y con algunos destellos altamente remarcables, está postulando —nos guste más o menos— que cada poema supone en sí mismo una definición de lo que es la poesía. De este modo están tratando de enfrentarse a las propias paradojas de la filosofía del lenguaje, y en concreto podríamos establecer una delirante conexión con la teoría de los tipos lógicos. La paradoja de Russell, en una lectura desviada hacia nuestros intereses metapoéticos, nos dice que “la clase no puede ser miembro de sí misma, ni uno de los miembros puede ser la clase, dado que el término empleado para la clase es de un nivel de abstracción diferente —un tipo lógico diferente— de los términos empleados para sus miembros”. Aunque en la lógica formal se intenta mantener la discontinuidad entre una clase y sus miembros, creo que en la poesía esta discontinuidad se quiebra de manera continua e inevitable. Siguiendo a los lógicos —y perdónenme (o no) los filósofos del lenguaje— tendríamos que decir que “El conjunto de las palabras de un poema” no podría ser un poema dado que violaría el sistema que nos dice que la clase no puede ser miembro de sí misma. O el conjunto “Los poemas escritos en español” no podría ser un poema (escrito en español) en tanto que una clase no puede ser clase y miembro al mismo tiempo. Sin embargo, y he aquí lo importante, en la poesía violamos constantemente esta paradoja, y en los poemas donde el lenguaje se transforma en alegoría de sí mismo la paradoja es el lugar de distribución de sentido de la poesía. El poema tensa el lenguaje porque vive en y de la paradoja comunicativa. El poema (el de estos poetas pero en general, y esto es necesario remarcarlo, el de la poesía que abre sentidos y que es realmente la que aquí nos puede interesar) se construye como comunicación paradójica, cuestionando su propio sentido comunicativo (como acto comunicativo).

4.
 Podríamos citar aquí al Deleuze de la Lógica del sentido cuando afirma: “Lo expresado no existe fuera de su expresión. Por ello, no puede decirse que el sentido exista, sino solamente que insiste o subsiste”. Y en otro momento añade: “La grieta no es ni interior ni exterior, está en la frontera, insensible, incorporal, ideal. Con lo que sucede en el exterior y en el interior tiene relaciones complejas de interferencia y cruce, de conjunción saltarina; un paso aquí, otro paso allí, a dos ritmos diferentes: todo lo que ocurre de ruidoso, ocurre en el borde de la grieta y no existiría sin ella”. Es pues ese borde de la grieta donde se construye el poema y su realidad.

5. 
Desde el instante en que el poeta vive en la paradoja continuada el lenguaje se desata por completo de sus ataduras formales. Un poema que pretenda darse la estructura lógica de la novela se sale del núcleo de la paradoja (se convierte en lógico) en tanto que no se construye como un cuestionamiento de la propia (y supuesta) idea lógica de poema. 

6.
De esta forma, de la poesía de la que hablamos (y Quien manda uno es un ejemplo) nos pone en constante tensión dado que nos sitúa en un triple límite: a) con el lenguaje (en el sentido codificado aprendido), b) con la paradoja de que es un poema que se incluye como clase y miembro, y, por tanto, c) supone la descomposición de un referente cerrado dado que ese referente es construido en su propio sentido paradójico. Esto quiere decir que cada poema crea su propio marco de referencia. Eduardo Milán hablando del libro de López Carballo escribe: “El lenguaje se aleja del no acto en su afuera. Tal vez sea esa la posibilidad de lo imprevisible en su escritura: negarse a cometer un afuera, el salirse, concordar con la negación. […] Misión incumplida, escribir”. Y tiene razón, pero quizá no sea tanto negarse a cometer un afuera como construir paradójicamente un afuera. En definitiva, decir de una realidad que no es lógica no quiere decir que no sea una realidad.



lunes, 11 de febrero de 2013

[EL EMPERADOR DE LOS HORTERAS. Un fragmento del prólogo a Muestrario (1918), Ramón Gómez de la Serna]


[EL EMPERADOR DE LOS HORTERAS. Un fragmento del prólogo a Muestrario (1918)]

Además, quiero ofrecerles un libro a los horteras; quiero atraerles y engañarles. Es indudable que ellos quieren que se escriba un libro, genuinamente para ellos.
[…]

—¿Cuándo escribe usted un libro para nosotros? —me decía un día el emperador de los horteras.
[…]

Además, todos somos un poco horteras. En la tarde del sábado, sin saberlo, se nos ocurre ir a la peluquería; y siendo en sábado cuando no queríamos ir, es en sábado cuando vamos. En la noche de los sábados, nuestro corazón se mueve horterilmente. Y somos horteras porque Dios nos hizo así, porque Dios no quiso sino que fuésemos horteras, y por eso lo del “sudor de la frente”. Lo que conservamos del soplo divino, de la voluntad divina es eso que no deja de ser inefable y deleitoso y es horterismo puro.

Me da vergüenza por eso, de ese desprecio excesivo que demuestran los cronistas infra-horteriles por los horteras.
[…]

¡Seamos buenos horteras, castizos horteras, consecuentes horteras, geniales horteras, libérrimos horteras!
El hortera literario es el que más prodiga ese desprecio por los horteras, sin pensar que él no es el hortera fatal sino el hortera responsable, porque pudiendo no ha dado altura a su espíritu.
[…]

miércoles, 23 de enero de 2013

JOSÉ HIERRO COMO UN HISTORIADOR (PARA MUCHACHOS) AL REVÉS.


Valencia, 1944. José Hierro, Vicente Gaos y José Luis Hidalgo


[Notas a partir del poema "Historia para muchachos", aquí, por ejemplo]


1.— Hierro era un historiador, aunque él mismo, tal vez, no lo supiera. Él mismo fue un historiador al revés. Un historiador a contrapelo. Un historiador alucinado. ¿Qué es si no “Acelerando”? ¿Qué si no “Historia para muchachos”? Que Hierro es un poeta al que le interesa el tiempo es evidente. El tiempo modula y capitanea buena parte de su poesía. Cualquiera que se haya acercado a su obra lo habrá comprobado rápidamente. El tiempo como vector. El tiempo como vacío. El tiempo como principio de la escritura. Pero sobre todo el tiempo como un relámpago que ilumina todo el pasado en un ahora; en un ahora que es el acto mismo de escribir. Pero, ¿qué historia, qué tiempo? Decía Aristóteles, en uno de los topos más frecuentados de la filosofía, que la poesía era superior a la historia debido al hecho fundamental de que la poesía hace referencia a lo posible, o a lo que de hecho no ha ocurrido o no ocurrirá jamás, mientras que la historia permanece atada a los hechos. Aristóteles en su Poética lo expresaba del siguiente modo: "No corresponde al poeta decir lo que ha sucedido, sino lo que podría suceder, esto es, lo posible según la verosimilitud o la necesidad. En efecto, el historiador y el poeta no se diferencian por decir las cosas en verso o en prosa [...] la diferencia está en que uno dice lo que ha sucedido, y el otro, lo que podría suceder. Por eso también la poesía es más filosófica y elevada que la historia, pues la poesía dice más bien lo general y la historia, lo particular". Hierro, yendo un poco más allá, ha construido en sus poemas una forma de hacer el tiempo a través del lenguaje y sus relámpagos.

2.— El pasado se construye sólo azarosamente en la imaginación de los que lo han vivido. En esta senda apuntará lo siguiente Hierro: “(Imaginar y recordar / se superponen y confunden; / pueblan, entrelazados, un instante / vacío con idéntica emoción. / Imaginar y recordar.)”. De ese instante hablaba Walter Benjamin en su Sobre el concepto de historia donde escribía: “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo “como verdaderamente ha sido”, significa adueñarse de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de  peligro”. Es ese instante de peligro, ese relámpago desde donde se construye el poema. Insistirá Hierro en esa imagen benjaminiana y rilkeana del relámpago para describir el modo de actualización del pasado en el presente, para dar forma a esa anacronía que se abre en el instante de la escritura. Así lo vemos en poemas como “Alucinación submarina” (Libro de las alucinaciones) donde leemos: “es ya pasado. Y nada vemos. Y sólo recordamos / el instante, el relámpago, en que camino y juventud coincidieron”. Pero en “Historia para muchachos” despliega o lleva más lejos, precisamente, toda esa imaginería anacrónica que hace que el lenguaje se vuelva tiempo dislocado, pero sobre todo poesía. El final de poema, por ejemplo, es claro al respecto: “Y hay un niño / que soy yo. Él es mi padre. “El niño tiene cuatro años” / acaba de decir”. Me atrevería a decir que la anacronía es el lugar —al menos desde mi punto de vista— donde Hierro construye sus momentos poéticos clave, e “Historia para muchachos” es el lugar para lo imprevisible, la para anacronía, para la poesía, en una palabra.

3.— El poeta, el artista en general, observa el pasado como un todo abierto y actuante en el presente y para el presente. “Todo es presente”, escribirá el propio Hierro, sintetizando lo que vamos a estudiar. O dicho de otro modo: todo es actualizado en la escritura. “Historia para muchachos” condensa todo el pasado en el acto mismo de ser escrito. “Probablemente ya era viejo cuando nací”, dice en ese poema. Nacimiento y vejez forman parte del mismo acto. Y por ello esta historia es una historia al revés, no sólo porque el orden temporal se disloque sino porque en lugar de pensar el tiempo en un sentido lineal, Hierro poetiza el tiempo como un ahora completo, global, esquizofrénico. Y ahí reside la maravilla de la poesía de Hierro. El tiempo (pasado o presente) no se divide en departamentos estancos, en épocas o etiquetas como si fuesen latas de albóndigas en los estantes de un supermercado. No debemos perder de vista que uno de los autores por los que Hierro sentía especial debilidad, no sólo como poeta sino como pensador, era Paul Valery, quien escribió: “la única cosa continua es la noción de presente”.

4.— Los hechos, las ideas, el pasado en general no son objetos —cajas— que hay que recoger, catalogar, y luego olvidar tras ser situados en su lugar en la estantería, sino algo que ha de ser actualizado constantemente para ser producido. Benjamin lo tiene claro: no hay historia más que desde la actualidad del presente, y por lo tanto, añadirá Didi-Huberman, no hay historia sin anacronismo. El anacronismo es el modo, señalará, en que el presente puede enfrentarse al pasado. No hay otra forma de historiar, de autobiografiarse, de escribirse que no sea desde el choque con el presente que nos descubre el anacronismo —presente-pasado—. Ese choque y su resultado es el que destaca Hierro. Dicho de otra forma, la historia no es —como escribía Aristóteles— la datación de lo sucedido, sino simplemente su posibilidad, y por lo tanto necesita de lo que se conoce como anacronía. George Didi-Huberman lo dirá de un modo tajante: “La historia no es exactamente la ciencia del pasado porque el “pasado exacto” no existe”. Es decir, ¿cómo puede ser objeto de una ciencia algo que no es objeto racional de conocimiento? Añade Huberman: “Sólo hay historia anacrónica: es decir que, para dar cuenta de la “vida histórica” […] el saber histórico debería aprender a complejizar sus propios modelos de tiempo, atravesar el espesor de memorias múltiples, tejer de nuevo las fibras de tiempos heterogéneos, recomponer los ritmos de los tempi dislocados”. El propio Huberman añade que “el historiador debe renunciar  a otras jerarquías —hechos objetivos frente a hechos subjetivos— y adoptar la escucha flotante del psicoanalista atento a las redes de detalles, a las tramas sensibles formadas por las relaciones entre las cosas”. Esta última frase del filósofo e historiador creo que puede ser la clave: las tramas sensibles formadas por las relaciones entre las cosas. Esta idea junto a la otra de renunciar a las jerarquías entre hechos objetivos frente a hechos subjetivos forman la idea de construcción poética, de escritura que me interesa. Para alcanzar este objetivo Huberman se basa en el ya mencionado Benjamin para quien el pasado debía ser considerado como el almacén de un trapero, y, evidentemente, el historiador debía transformarse en trapero. Se trata, evidentemente, de una metáfora llena de sugerencias. El trapero trata con desperdicios (el pasado), pero que sean desperdicios no quiere decir que no tengan algún sentido, que no contengan alguna historia a medio contar; como piezas de un puzzle del que desconocemos el dibujo total. De esta forma, el hecho de ser pasado, para una cosa, no significa solamente que está alejada de nosotros en el tiempo, sino que constantemente puede hacerse presente, de múltiples modos.

5.— Otros ejemplo: “Piensa sólo un instante que has roto los diques y flotas sin tiempo en la noche”, escribe Hierro en  el poema “Amanecer”, incluido en Agenda. Y ya antes, en el magistral “Yepes Cocktail” escribía: “(Dime si merecía /
la pena, Juan de Yepes, / vadear
20 noches, llagas, olvidos, hielos, hierros,
/ adentrar en la nada el cuerpo, hacer /
que de él nacieran las palabras vivas,/ 
en silencio y tristeza, Juan de Yepes... /
Amor, llama, palabras: poesía,
/ tiempo abolido... Di si merecía /
la pena para esto...)”. Pero en igual medida poemas muy anteriores como “Réquiem” o muy posteriores, como los que aparecen en Cuaderno de Nueva York, “Rapsodia en blue” es un buen ejemplo, ofrecen —de modo directo— esta perspectiva del tiempo abierto, de la revisión poética de los hechos del mundo, sin un tiempo claramente lineal o causal. “¿Cómo sobrevivir, escribir, liberarme del tiempo?”, escribe en este su último libro. Liberarse del tiempo es  la única forma de escribir, pero también es, para Hierro, la frontera entre la muerte y la escritura. Un liberarse del tiempo, de la exacta cronología de los hechos, que ya le acosaba en 1947, cuando escribía: “¡Ojalá no soñara nunca!
/ No recordarte, no mirarte,
/ no nadar por aguas profundas,
/ no saltar los puentes del tiempo
/ hacia un pasado que me abruma,
/ no desgarrar ya más mi carne
/ por los zarzales, en tu busca”. Pero sobre todo es en el poema “Momento eterno”, del mismo libro Alegría, donde señala cómo el recordar siempre presupone el anacronismo , ya que es desde el ahora desde donde se genera el recuerdo. Escribe: “pero somos la suma / de instantes sucesivos / que el tiempo no destruye / Aquel que ahora recuerdo / seguirá siempre en sombras / aun cuando el sol me alumbre”. Una suma de instantes donde nada del pasado es destruido, pero tampoco descifrado. El mencionado Valery escribió: “Todos los términos de lo sucesivo corresponderán a una simultaneidad”. En el poema “Episodio de primavera”, incluido en Cuanto sé de mí insiste a través de la siguiente fórmula: “(Sumido / en la vida de hoy, alcanzo / la vida de ayer.)”. Ahora bien, esta producción del pasado desde el presente, como observamos en el poema anterior, siempre lleva aparejada la sombra de la incertidumbre, la crueldad del desconocimiento. Por eso el mismo poema continúa así: “No he dicho / todavía qué me dicta / estos pensamientos…”. Este intento de producción y reescritura del pasado desde el presente, esta anacronía, regresa en el que podemos considerar su libro capital, El libro de las alucinaciones, donde la presencia de esas tensiones temporales es mayor. Escribe en el poema “Retrato de un concierto”: “¿en dónde está tu realidad, / suma de instantes armoniosos, / alimento para el recuerdo?”. Consumir el pasado es producir el pasado, construirlo, pero de nuevo aparecen las sombras. Así continúa el mismo poema: “Cuando empiezas a dibujarte / en humo, se desata el viento / y te barre de la memoria”.  Un dislocamiento de tiempos que produce la anacronía, en tanto que descubrimos que el pasado no es asimilable como un todo ordenado, que acaba acumulando recuerdos diferentes, amontonándolos, como decía Benjamin, en el presente. De este aparente caos surge la imagen del tiempo. Así lo observamos en el poema “Alucinación en Salamanca”: “Quién disipó el lugar / (o el tiempo) que me daba / su sangre, el que escondía / el lugar (o era el tiempo) / no vivido. Y por qué / recuerdo lo que ha sido / vivido por mi cuerpo / y mi alma. Qué hace / aquí, por mi memoria, / este avión roto, un viejo / Junker, bajo la luna / de diciembre. La niebla, / la escarcha, aquel camino / hasta el silencio, aquella / mar que estaba anunciando / este mismo momento / que no es tampoco mío”.  Esta ruptura de tiempos, esta suma de instantes amontonados para los que carece de conocimiento o justificación, es un tema sobre el que insiste en “Marina impasible”: “Ojos fijos en su tesoro, / presente inmóvil —sin recuerdos,  sin propósitos—, soy ahora. / Todo está sometido a un orden / que yo no entiendo. Pero embarco”. Una ignorancia del descubrimiento muy en la línea de Valery, que vemos retratada en un poema como “Cae el sol”: […] Pero se me ha borrado / la historia (la nostalgia) / y no tengo proyectos / para mañana, ni siquiera / creo que exista ese mañana. / Ando por el presente / y no vivo el presente”. Y en el arranque de Agenda regresa a ese sentido de actualización del pasado en la escritura al escribir: “Esto, tan real y tan absurdo, / sucedió, pero sigue sucediendo. / Y no sé lo que significa”. Al anular el tiempo meramente causal —anecdótico como eje del poema— puede ocurrir cualquier suceso en la palabra, en la escritura. Una escritura entendida como un ahora que se encamina hacia un territorio, el pasado, del que ignora por completo su sentido. Su única arma es el ahora. Liberarse del tiempo significa abrir nuevos caminos entre lo real y lo irreal, entre lo racional y lo irracional.

6.— El poeta no construiría así su obra como un trabajo encerrado y ordenado en los límites ficticios de una presentación-nudo-desenlace. Lo que nos puede interesar del tiempo, del pasado y del presente, no es su imagen falsa de algo cerrado como imitación —novelesca— de la realidad sino el intervalo hecho visible, la grieta, el fragmento, el pliegue que nos permite ampliar su sentido y crear una nueva interrogación. Hierro en “Historia para muchachos” crea una historia imposible de contar de otro modo, que sólo existe ahí como acontecimiento del lenguaje. Y en esta imposibilidad de contar de otro modo reside el lugar del poema. Lenguaje, tiempo, e ideas se con-funden para generar una pieza imposible de ser abordada de otro modo que desde la propia poesía. Esta historia es, en fin, una parodia del mismo concepto de “historia” como tránsito ordenado de sucesos. E ahí, también, su lado fascinante.

[Este texto se publicó originalmente en la revista Nayagua 18, aquí]

Pablo García Baena, José Hierro y Ángel González, 12 de octubre de 1985.



domingo, 13 de enero de 2013

EL ARTE DE LA CONFUSIÓN. Una lectura de "Pensar desde la izquierda" (+ una propuesta factográfica)





Tal vez el Caballo de Troya fuera la primera obra de arte activista. Basado por una parte en la subversión y, por otra, en la toma de poder, el arte activista interviene tanto desde dentro como más allá de la fortaleza sitiada en la alta cultura o “el mundo del arte”
Lucy Lippard

 “Un día de tormenta […] me hallaba luchando contra el viento en la esquina de una calle, cuando de pronto dio vuelta a la esquina un hombre con tal precipitación que chocó violentamente conmigo. Antes de que pudiera reponerse del susto y murmurar unas palabras, consulté con gran afectación mi reloj y, como si hubiera preguntado la hora, dije cortésmente: “Son exactamente las dos menos diez minutos” (aunque la verdad es que eran casi las cuatro), y continué mi marcha. Tras haber caminado unos cuantos pasos, me volví y pude ver que todavía me seguía mirando, evidentemente confundido y extrañado por mi observación”[1]. Esta anécdota pertenece a Milton Erickson. Sobre ella asienta las bases de una de las teorías claves de la psicoterapia breve: la técnica de la confusión. Esta técnica tiene algo que ver con la desviación pero con una forma de la desviación sometida al poder de la incertidumbre.  Lo que viene a decir Erickson —simplificando— es que tras una paralización inicial, todo estado de confusión provoca una reacción de búsqueda de causas o motivos que arrojen luz sobre la incertidumbre, así como sobre la sensación de inseguridad que ésta provoca. Es en ese estado de confusión donde proliferan, por ejemplo, los “lavados de cerebro”. Pero vayamos por partes. En situaciones de confusión, como la descrita por Erickson, todo el mundo echa mano del primer cable aparentemente salvador, es decir, del primer punto concreto de apoyo. A este punto se le atribuye una importancia (y validez) superior a la que en realidad posee, incluso cuando el punto de apoyo en cuestión sea totalmente erróneo o, al menos, insignificante. Dicho en otros términos: para salir de la confusión construimos un fantasma o, mejor, una fantasía de orden.
Tomando prestada esta situación —en una mala lectura ericksoniana— es posible extrapolar dicha situación a otras esferas. Todo estado de confusión —más allá del territorio psicológico— genera o irradia múltiples posibilidades; posibilidades que tienden a autoproclamarse estados de seguridad. Esta fórmula de la técnica de la confusión extraída de su contexto original puede servirnos, por ejemplo, para interpretar modelos políticos más amplios. La confusión ha solido verse como un sinónimo de desorden pero sobre todo como un antónimo radical de la seguridad. En este sentido, retomando a Erickson, ciertas políticas han tratado de mostrarse como lugares de seguridad, esto es: se han retratado como ese cable salvador que puede “sacarnos de la confusión”. Si bien la etimología, co-fundere, apunta hacia una situación en la cual “algo fluye”, es decir, apunta hacia una realidad que escapa a la catalogación de lo cerrado, su estigmatización filosófico-política es igualmente antigua. Evidentemente Platón ejerce de personaje tutelar. Es la huida de la confusión lo que en buena medida está detrás de varios postulados de La república. La confusión es la enemiga superior de la política, tanto desde el punto de vista de la justicia como —por extensión— de las artes.  La justicia implica un hacer cada uno lo que debe y, en este sentido, queda enmarcado en los límites formales de su punto de partida. La confusión se constituye como el claro enemigo de la justicia (y de la política, y de la moral, etc.). Con respecto a las artes, tanto los poetas como los pintores, en el famoso libro X, son expulsados en tanto que, ontológicamente, confunden lo real; gnoseológicamente, confunden al espectador sobre el origen de su conocimiento; y psicológicamente, envenenan la mente de los espectadores al mostrar a personajes contradictorios en situaciones confusas y lamentables. Es más, Platón reprocha a los artistas el hecho de que incluso pretendan confundir al espectador haciendo partícipe a éste, es decir, provocando que salga de su papel de espectador.  Todo esto ejercerá una amplia tutela filosófica, durante siglos. El temor a la confusión es una herramienta de control, y dicho estado de temor provoca la virulenta necesidad de hallar un “cable salvador”, provocando a su vez una situación (fantasmática) de seguridad, donde la búsqueda de “lo claro y distinto” se transforma en base (y causa) de todo conocimiento.
Es esta engañosa y débil tendencia a concebir la seguridad como principio lo que, llegando al terreno que nos ocupa, ha sido edificado por la derecha en el ámbito de la política, con la desidia de buena parte de la izquierda. En este sentido, el abandono efectivo de “lo político” ha provocado que la derecha se haya convertido en un espacio de no-confusión, que si bien no es sinónimo de seguridad, si tiene la forma de “gestión del desorden”. De esta forma, un libro como Pensar desde la izquierda[2], sirve para escenificar una larga lista de cuestiones que tratan de dibujar tanto el rostro de una derecha que ha puesto a funcionar su activismo (fundado en la no-confusión, y ofreciéndose como cable salvador) como a una izquierda que se ha replegado (por no decir, desactivado). En este contexto se establecen las líneas de tensión de este libro, de varios y múltiples autores que, en lugar de como un libro al uso, habría que leerlo como si de una puesta en escena del pensamiento de la izquierda actual se tratase. En este sentido, su lectura tiene el objetivo de no dejar ninguna puerta cerrada, sino que más bien se ofrece como lugares por los cuales establecer un tránsito de propuestas y contra-propuestas. Veamos algunas.

Una de las ideas que recorren el libro es la puesta en obra, al mismo tiempo, de un activismo de la derecha y una difuminación de la izquierda. De esta forma el texto de Christian Laval, que abre el libro, dispone sobre el escenario algunas de las cuestiones a tener en cuenta: “No existe tarea más urgente que la de comprender los mecanismos por los cuales las ideas y las políticas de inspiración neoliberal han llegado a ser preponderantes” (p. 13). Podemos apuntar que esta tarea  y esta urgencia no pueden formularse desde un único principio o causa. La causalidad no explica estos activismos desde  la derecha. Al contrario, es la derecha la que tiende a gestionar su propia causalidad. De esta forma el libro trata de enfocar el problema de ese (des)activismo de la derecha desde lugares diferentes.  Así, por ejemplo, se traza el camino que va del liberalismo al neoliberalismo, desmantelando una serie de tópicos, entre ellos, precisamente, el que haya una conexión efectiva, una causalidad entre ambos territorios de pensamiento. Pero sobre todo desmonta Laval, a través de su lectura de Wendy Brown, el hecho de que se piense ese neoliberalismo como una forma anglosajona “metida” con calzador en el resto de países. Al contrario, la propuesta inicial invita a mostrar el neoliberalismo como un virus, como una forma que se expande (y muta) pero que adquiere rostros diferentes en función del contexto adaptativo.  Así leemos: “Un tópico muy extendido éste, que hace del neoliberalismo, y tal vez del liberalismo en general, una creación anglosajona ajena al genio francés y católico” (p. 15). El texto hace referencia —ésa es la idea de Laval— al hecho de pensar el neoliberalismo en clave francesa. Este neoliberalismo establece las bases de la desdemocratización —algo sobre lo que se insiste a lo largo del libro— a partir de la construcción de un sujeto que abandona su faceta de “pueblo” o de “trabajador” para convertirse en “emprendedor”.  El diseño de este sujeto “emprendedor” es una de las más hábiles estrategias del neoliberalismo y de la derecha en general. Al subjetivizar falsamente los procesos de lectura del trabajador, al convertirle en responsable y calculador, imposibilita no sólo la crítica hacia el sistema (ya que sería una crítica hacia sí mismo) sino que somete toda vida, todo proceso cognitivo, a un sistema de cálculo, eficacia y rentabilidad. De esta forma, la “figura humana se reunifica en la construcción  del sujeto económico, quien desde este momento alcanza consideración de empresa al acecho de cualquier oportunidad de negocio en un contexto de absoluta y constante competitividad. […] Los criterios de eficacia y de rentabilidad y las técnicas de evaluación se extienden a todos los terrenos a manera de evidencias indiscutibles” (p.19). Una vez implantado este sistema, comienza a ser visible —como ocurre en la actualidad— esa desdemocratización que podemos leer bajo el epígrafe de la “paradoja de la democracia” que podría resumirse del siguiente modo: poner en estado de excepción los principios de la democracia para fortalecer la democracia. Esta paradoja muestra los entresijos del problema. Poner en “ausencia” los valores de la democracia para fortalecer los principios económicos que sostienen cierta versión de la democracia. Abramos ahora un paréntesis. Si pensamos esta versión del neoliberalismo en clave “española y católica” deberíamos visualizar el modo en el que se realiza este tránsito hacia el neoliberalismo (o derechismo) actual. Dicho tránsito puede ser fácilmente rastreable desde la perspectiva de lo que podemos denominar “retórica del esfuerzo”. Si aceptamos la idea de que el neoliberalismo no ha de representarse como un todo que se trasplanta desde el mundo anglosajón sino como un virus que se adapta y muta en función de los contextos, en España podría estudiarse esa mutación desde aproximadamente los años cincuenta-sesenta, cuando el franquismo comienza a postular ferozmente una “retórica del esfuerzo” de origen católico, que tiene al sujeto-trabajador como destinatario. Veamos un ejemplo. Recientemente Mariano Rajoy señalaba lo siguiente: “o trabajamos todos unidos para lograr los mismos objetivos o nuestros esfuerzos serán estériles. O demostramos, de verdad, que somos una nación dispuesta a sacrificarse para conquistar un futuro mejor o no merecerá la pena el esfuerzo"[3]. El Rey Don Juan Carlos recogía la misma forma retórica del siguiente modo: “responsabilidad, solidaridad, templanza y espíritu de sacrificio”[4].  Sin embargo, estas palabras se enmarcan en una tradición retórica anterior: “la base para la transformación económico-social de nuestra Patria es el esfuerzo que venimos desarrollando. […] Nuestros esfuerzos se encaminan a que se realice la igualdad de posibilidades en la cultura en la forma más justa y amplia, que si no nos permitirá resolver el problema completamente para las generaciones de ayer, sí nos lo consentirá para cambiar la suerte de las jóvenes y venideras. […] Ha sido necesario el emplear a fondo energías y esfuerzos para vencer intereses y resistencias. […]Hemos de considerar que por habernos planteado estos problemas hace veinticinco años, y por la continuidad de los esfuerzos desarrollados en este tiempo, España es la nación que puede mostrar al mundo una solución moderna y eficaz para asegurar la paz permanente entre los estamentos sociales. […] Cualquier otra interpretación es superficial y no representaría sino la frustración de un gigantesco esfuerzo y sacrificio vivido heroicamente con ánimo de salvación y de continuidad por todo un pueblo”[5]. Lo mismo: heroicidad, sacrificio, esfuerzo, paz, etc. Estas palabras de Francisco Franco pronunciadas en 1961 en la apertura VII Legislatura de las Cortes Españolas dan forma a ese discurso asumido por el neoliberalismo y la derecha. Ese mismo año de 1961, en su discurso de fin de año volvía con la misma retórica, esta vez mediatizada por la metáfora del navegante que tanto gustaba al dictador y que usó en varios discursos: “En el campo de lo terreno hemos de considerar que la feliz navegación no se debe sólo al mérito del capitán, ni a la capacidad y resistencia de la nave, ni a la buena doctrina de marear, sino al conjunto de estos elementos unidos al esfuerzo de su tripulación”[6]. El esfuerzo de la tripulación es una expresión propia de cualquier totalitarismo nacionalista. Cerramos ahora paréntesis.
Esta revisión entendida como reactualización retórica puede leerse dentro de un proceso más amplio de desdemocratización. Dicho proceso  se puede situar también en el marco de gestión del desorden al que alude Giorgio Agamben a lo largo de la entrevista que se incluye en el libro. De este modo, el primer paso parece evidente: tratar de establecer una arqueología del discurso de la derecha. Discurso que, volviendo al principio, tiene como base la técnica de la confusión. Ante un posible desorden o confusión se construye un delirio de seguridad. “El actual discurso sobre la seguridad —afirma Agamben—, contrariamente a lo que afirma la propaganda gubernamental, no tiene como finalidad la prevención de atentados terroristas u otras formas de desorden público; su función es, en realidad, el control y la intervención a posteriori”. En este sentido, los gobiernos no pretenden “el mantenimiento del orden sino la gestión del desorden” (p. 28). Gestión del desorden: medidas de tipo biométrico, huellas, fotos, etc. cuya finalidad no es impedir un delito sino poner en orden tales delitos, generando una constante sospecha de los otros. Dicho orden apela a la identificación del sospechoso, a crear una ficción fantasmal del orden. Ficción que también podemos ver a la hora de gestionar las manifestaciones, donde la policía tiene como único fin ese gestionar el desorden. Por ello añade Agamben: “Una democracia limitada a disponer como único paradigma de gobernación, y como único objetivo, el estado de excepción y la búsqueda de seguridad […] deja de ser una democracia” (p. 28). Pero llama sobre todo la atención acerca de un fenómeno que suele pasar desapercibido y que forma parte de esa técnica de la confusión: “Las limitaciones a la libertad que el ciudadano  de los países denominados democráticos está ahora dispuesto a aceptar son infinitamente mayores de las que hubiera consentido hace sólo veinte años”(p. 31). La identificación de la democracia con procesos económicos, con el imperio de la seguridad, con temor a la confusión, etc., conlleva inevitablemente la fractura de un verdadero proceso democrático. Es en este proceso donde se sitúa la orbita de trabajos más interesantes de este libro, o de este escenario de pensamientos, como podemos entender un libro de las características de Pensar desde la izquierda.
El temor a la confusión —y por lo tanto a la inseguridad— se retrata igualmente bajo el rostro de “la minoría”.  De este modo, Frédéric Neyrat, a partir de Arjun Appadurai, señala lo siguiente: “Si nos sentimos incompletos es porque nuestra mayoría resulta insuficiente; si esta mayoría resulta insuficiente, una minoría puede llegar a ocupar nuestro lugar. Aumenta entonces el miedo a perder su espacio, el miedo al “intercambio de papeles”. Desde el momento en que la minoría se considera, se concibe o es concebida como sustancial en número, puede ser declarada un peligro. […] Visto así, el miedo que inspira el escaso número nada tiene que ver con la realidad de estas minorías: su capacidad sediciosa no es sino puramente imaginaria” (pp. 76-77). Es más, “el temor que inspira el pequeño número supone ciertamente una forma de delirio, pero un delirio que responde a la realidad de la globalización —no sólo a la imaginación—“ (p. 80). Ahora bien, estas minorías pueden estructurarse de modos diferentes, siendo capaces de producir lo que Toni Negri denomina “lo común”. Por ello, señala el propio Negri: “Si bien estamos atrapados en el esclavismo capitalista, somos rebeldes, fugitivos. Ser móviles, inteligentes, poseer lenguajes, ser capaces de la libertad no es un don natural. Es una potencia, el producto de una resistencia creativa” (p. 153).  Esta resistencia, sin embargo, permanece parcelada, desconectada. Los trabajadores, los movimientos feministas, ecologistas, etc., forman lugares de protesta desconectados, desvinculados entre sí a pesar de su cuestionamiento de la ficción de seguridad construida por el poder. Por ello Negri habla de “la inteligencia de crear lazos entre las luchas que vienen de distintos frentes. Estas luchas pueden venir de la ecología, de la fábrica, del trabajo social, de los servicios, etc. Se trata, en definitiva, de reunir a todos los sectores en los que se desarrollan nuevas condiciones de producción” (p.155). Pero al mismo tiempo, tanto Negri como Hardt, asumen el hecho de que los modos de producción han variado, y que la biopolítica, como emergencia de lo inmaterial, domina el territorio del trabajo. Al respecto, Hardt considera “que, mientras que en los últimos ciento cincuenta años la producción industrial era dominante, estamos ahora en un periodo de transición en el que la producción inmaterial y biopolítica es la que se vuelve dominante. La producción industrial no era dominante en términos cuantitativos” (p. 170). Ahora bien, según Negri, el biopoder es inclusivo: “Proletarios, obreros, precarios, todos son pobres. Pero no están excluidos, están incluidos entre los pobres del biopoder: la pobreza —en el mundo global, en el mundo de la producción social—-es siempre inclusión, inherencia a una relación con el capital en la que la sociedad invierte y pone a trabajar. En la relación biopolítica, hay que considerar la existencia de pobres de manera global” (p. 163). El hecho de que el capitalismo actual se transforma en política difusa (que sería otro modo de entender la democracia) en tanto que esparce su proceder desde la sutileza de lo inmaterial como forma de controlar toda confusión, queda perfectamente retratado tanto bajo el concepto activo del espíritu del “emprendedor” como en la propia invisibilidad de ciertos trabajos. En este sentido, una de las aportaciones más interesantes del libro es la propuesta de lectura de Delphine Moreau, quien dedica su texto a la teoría de care y su perspectiva política. Las teorías del “care centran su atención en la manera en que ciertas personas cuidan de otras y se preocupan por sus necesidades, al igual que en la dimensión moral de estas tareas y en el carácter injusto de su distribución” (p. 133). De alguna forma lo que pretende mostrarnos no es tanto el sentido del trabajo centrado en el cuidado como las estrategias de invisibilidad que las estigmatizan. “Estas actividades —escribe Moreau— son indispensables para hacer que nuestro mundo sea habitable, y su invisibilidad es también la de los, y sobre todo la de las —mujeres extranjeras— trabajadoras de clases pobres que las efectúan” (p. 133). Una invisibilidad que la propia autora escenifica del siguiente modo: “En las oficinas, la limpieza se hace a menudo a horas tardías o pronto por la mañana. Los que trabajan durante el día en esas oficinas pueden no ver jamás a quienes trabajan en la frontera de la noche, vacían sus basuras y limpian sus espacios de trabajo. De esta manera, pueden desconocer sus condiciones de trabajo y literalmente no tener que preocuparse por ello. El privilegio, unido a la desigualdad de papeles y a las obligaciones de cuidado en nuestras sociedades garantizan “la posibilidad de ignorar ciertas formas de adversidad con las que [los privilegiados] no tienen que enfrentarse”” (p. 139). En este texto, altamente interesante, pone sobre la mesa otra de las cuestiones centrales del biopoder: la anulación del lenguaje. A los enfermos, a los que necesitan cuidados no se les otorga un lenguaje, o, en caso de pronunciarse, jamás ese lenguaje es tenido en cuenta. De este modo, es un otro  deslegitimado, o como mucho, construido tan sólo como imagen (esto es: la limpiadora). Es aquí donde podría situarse, en paralelo, la aportación de Jacques Rancière (aunque sea ésta distante de la producción de lo común de Negri o Hardt). La suya es una aportación clave que apuesta por la emancipación del sujeto. Imagen y lenguaje son su territorio. Ya en textos anteriores ha desarrollado Rancière la idea de que, a pesar de lo que digan los medios y los intelectuales, el problema no son las imágenes. El problema no está en que los medios nos muestren de un modo atroz la muerte del otro, no está en la saturación de imágenes sino en la eliminación de la voz (y del lenguaje). El otro aparece como terrorista, como víctima, como inmigrante, etc., aparece, pero su lenguaje ha desaparecido. Este sujeto es encerrado bajo una etiqueta-imagen cuya misión es encapsular e imposibilitar todo discurso cuyo fin sea la huida de esa forma de catalogación sensible. En ese sentido, para Rancière el proceso de desidentificación es capital para alcanzar la emancipación del trabajador. Es decir, la limpiadora que trabaja en la oficina se convierte en un fantasma que recorre las mesas, que apenas deja huella, y en este no-dejar-rastro-de-su-presencia, está su papel. Escribe: “la emancipación de los trabajadores comienza con la posibilidad de constituir maneras de decir, maneras de ver, maneras de ser que rompan con las que están impuestas por el sistema dominante”. Una emancipación que podemos situar en “el rechazo de la adaptación, el rechazo de esa identidad de la que se le provee, rechazo a sentir de ese modo, a percibir de ese modo a hablar de ese modo”, un rechazo “de todo aquello que va adherido a la experiencia sensible ordinaria tal como está organizada por la dominación” (pp. 386-387). En definitiva, la apuesta de Rancière viene por “la transformación de la relación que tenemos con nuestra propia condición” (p. 386).
Dicho esto, sería interesante contraponer las posturas de Negri y Rancière. Para Negri la producción de lo común así como la inminencia de la revuelta tiene al trabajador cognitivo como pieza central. Si los “levantamientos populares son hoy acontecimientos inminentes, y se presentan como de cumplimiento inevitable si queremos construir un terreno constituyente” (p. 163), estos levantamientos han devenir filtrados por ese trabajador cognitivo que ha de mostrar al trabajador sus terribles condiciones de vida. Escribe Negri: “Pero si el trabajo cognitivo no posee esta fuerza, si no estamos todos —nosotros que sufrimos la explotación capitalista del trabajo y la cooperación social— preparados para la revuelta, ¿se puede esperar que la clase obrera lo haga sola? El privilegio del trabajo cognitivo consiste en que su medio de trabajo, la inteligencia, no puede consumirse y pasa inmediatamente a ser común. ¿Lograremos transformar esta comunidad en un arma revolucionaria común?” (p. 162). Es frente a esto —frente al hecho de encasillar de incapaz a la clase obrera— donde se sitúa Rancière, para quien el proceso supone una ruptura de esa jerarquización, esto es, supone una visión donde el intelectual no tiene nada que enseñar al obrero. O dicho de otro modo, para Rancière el problema no está en que el trabajador no sepa que está explotado, es más lo sabe perfectamente, sino que el problema reside en el proceso mismo de desidentificación con respecto al propio concepto de explotación. Jacques Rànciere en Sobre políticas estéticas había escrito lo siguiente: “Los explotados no suelen necesitar que les expliquen las leyes de explotación. Porque no es la incomprensibilidad del estado de cosas existente lo que alimenta la sumisión, sino la ausencia del sentimiento positivo de una capacidad de transformación”[7].  He aquí la diferencia con la apuesta de Negri, y que Rancière, como veremos, sitúa también cerca de la experiencia artística. En cualquier caso, para Rancière la emancipación como desplazamiento se sitúa frente a la idea de un trabajador cognitivo que ejerce la tutela. Negri, a su vez, apuesta por una revisión del sindicalismo, el cual ha caído en un mero órgano administrativo, pendiente de cuestiones que salen al paso en lugar de cómo un movimiento político en confrontación y antagonismo constantes. Para Negri, es el desprecio real por lo político por parte del sindicalismo europeo lo que ha provocado  que se desarrollen formas alternativas de organización.
Entre estas dos posiciones —o topografías intelectuales de la izquierda— podemos establecer algunas de las escenas centrales para el pensamiento crítico actual. Lo que implica otra pregunta: ¿cuál es el lugar del intelectual en los procesos políticos actuales? A esto trata de responder el inteligente trabajo de Razmig Keucheyan, titulado “Mutaciones del pensamiento crítico”. Es evidente —y este libro es una clara muestra— que el hecho de la caída del muro y demás acontecimientos relacionados desde entonces no ha reducido —al contrario— la cantidad de esfuerzos por pensar la situación de la izquierda como proyecto. Es más, “que sea largo el tiempo que nos separa de una reestructuración operativa del socialismo no impide que los discursos críticos proliferen” (p. 205). Este punto de partida provoca una serie de cuestiones altamente sugerentes.  La lista de autores que apuestan por esta reconfiguración de la izquierda desde la teoría incluye nombres conocidos: Badiou, Zizek, Negri, Laclau, Balibar, etc. Como bien apunta Keucheyan “la “novedad” de las ideas que [estos] elaboran proviene de su intención de pensar el ciclo político abierto en el momento de desintegración del bloque del Este” (p. 206). Ahora bien, el tema estaría en el marco desde donde se ejerce ese pensamiento, lo que implica una pregunta acerca de las relaciones entre teoría y militancia. El autor sintetiza el problema afirmando  que el marxismo puede dibujarse desde sus orígenes como un triángulo cuyos tres vértices son las ciencias sociales, la filosofía y la política. Para Marx y Engels, al igual que para los marxistas clásicos, como por ejemplo Lenin y otros, estos tres elementos se encuentran por completo entremezclados, pero, ¿qué ocurre con los pensadores actuales? “Al contrario que sus predecesores —escribe Keucheyan—, los pensadores críticos actuales se enmarcan dentro de uno u otro vértice del triángulo, en raras ocasiones de dos de ellos. En particular, ya no ostentan responsabilidades en organizaciones políticas […] [limitándose] las más de las veces al papel de conferenciante” (p. 207). Sin embargo, suponer que son estos pensadores actuales los responsables de esa desconexión entre teoría y militancia, supondría hacer claramente trampa. El “triángulo marxista” comienza a descomponerse mucho antes, desde mediados de los años veinte. El fracaso de la Revolución alemana en 1923 y el retroceso del movimiento obrero que la siguió son la principal causa de esta descomposición. En esta época, se instaura un marxismo “oficial”, controlado por Moscú, “que prohíbe toda innovación intelectual  independiente y sitúa a los intelectuales ante la alternativa de mantenerse fieles al poder o guardar las distancias con las organizaciones obreras. Esta separación no dejará de aumentar con el tiempo” (p. 208).

Étienne Balibar incluye en su entrevista un concepto de ascendencia foucaultiana: “lo insoportable”. Escribe: “Lo insoportable —que es en primer lugar, y sobre todo, aquello que experimentan quienes son objeto de la explotación, de exclusión y la discriminación— existe. Por lo tanto, es correcto sublevarse” (p. 295).  Esta idea puede servirnos para introducir otra de las cuestiones centrales del libro: lo político. ¿Cómo entender eso que llamamos “lo político”?  Es esta pregunta la que nos trae diferente lecturas. Lo político se muestra como lo opuesto a la democracia en tanto que proceso determinado económicamente.  En este sentido, Chantal Mouffe apuesta por diferenciar entre “lo político”, que identifica con el concepto de antagonismo y “la política” que sitúa bajo el rótulo de lo hegemónico. Hablar de hegemonía “implica que cada orden social no es más que la articulación contingente de relaciones de poder particulares y que no tiene, por tanto, cimientos racionales últimos” (p. 244). Lo que viene a suponer que la hegemonía es una práctica contingente y que, por lo tanto, las cosas siempre “podrían ser de otro modo. Todo orden tiene su fundamento en la exclusión de otros órdenes posibles” (p. 244). El problema apuntado por Mouffe es que buena parte de los socialdemócratas han aceptado esa hegemonía no  como algo contingente sino que han entendido esa hegemonía liberal bajo la óptica del “no hay alternativa” (de origen tatcheriano), lo que ha desactivado toda oposición, ya que esta oposición ya no se dirige a los elementos contingentes sino al sobrevivir dentro de la hegemonía. Sin embargo, “todo orden hegemónico —apunta Mouffe— puede ser cuestionado por prácticas contra-hegemónicas” (p. 245). Para Mouffe una acción importante sería la posibilidad de construir lo que denomina cadenas de equivalencia.  Se refiere con ello a “establecer una cadena de equivalencias entre esas luchas diferentes para que , cuando los trabajadores definiesen sus reivindicaciones, tuviesen también en cuenta las de los negros, los inmigrantes y las feministas. Para ello hace falta, desde luego, que cuando las feministas definan sus reivindicaciones, no lo hagan tan sólo en términos de género, y que ellas también asuman las de otros grupos, con el fin de crear una larga cadena de equivalencias entre todas esas luchas democráticas. En nuestra opinión, el objetivo de la izquierda debería ser el de instaurar una voluntad colectiva” (p. 246). Es desde aquí, opina, desde donde puede construirse una democracia radical. Ahora bien, la presión de la hegemonía neoliberal, con su forma de orquestar la democracia, ha propiciado que la izquierda en lugar de luchar por radicalizar la democracia  se haya visto limitada “a luchar contra el desmantelamiento de las instituciones democráticas fundamentales” (p. 247). Ante esta situación su propuesta aboga por una mayor implicación de la sociedad civil, de los colectivos, capaces de ejercer la presión necesaria, pero sobre manera incide en el hecho capital de que esos colectivos han de trabajar “con las instituciones políticas establecidas” (p. 248). Es en este punto donde difiere, por ejemplo, del caso de Negri antes mencionado. Para éste, al igual que Mouffe, es fundamental “crear lazos” entre las luchas que vienen de diferentes frentes: ecología, fábrica, servicios, etc., aunque su concreción final sea muy diferente a la que propone Mouffe. Negri, al contrario del carácter inclusivo de Mouffe y su “consenso conflictivo” defiende la posibilidad de construir formas alternativas de organización. “Son propuestas —escribe Negri— para organizar cooperativas y otras formas mutualistas que ataquen directamente los niveles financieros de la organización del trabajo. Toda lucha, si no quiere estar abocada al fracaso, tiene que organizarse en este sentido” (p. 155).
El libro, por tanto, ofrece la posibilidad de no cerrar ninguna lectura crítica hacia el presente. Si bien la disparidad de textos y propuestas que ofrece el libro (Badiou, Zizek, Hallward, serían algunos de los autores que quedarían por citar y que construirían otra ruta del lectura) implica la imposibilidad de una perspectiva unidimensional —algo de agradecer— del pensamiento desde la izquierda, esa irreductibilidad conlleva en sí rutas divergentes. De ahí, suponemos, la inclusión en el subtítulo del libro de la palabra mapa, en tanto que el libro ofrece esa posibilidad de irradiación de lecturas. Ahora bien, dos cuestiones llaman la atención, y con ello podemos cerrar esta larga lectura. Se trata de dos ausencias. Por un lado, la falta de una reflexión profunda en torno a la relación entre el pensamiento desde la izquierda y las nuevas tecnologías y, por otro lado, la desaparición de la pregunta —capital en otro tiempo— entre el arte y la política.  Y en este sentido, ¿a dónde nos llevaría esa última pregunta?

CODA. UNA PROPUESTA: ¿ES POSIBLE UNA REVISIÓN DE LA LITERATURA FAKTA?

La pregunta acerca de las relaciones entre arte y compromiso dispara las alarmas. A lo largo de Pensar desde la izquierda no hallamos apenas referencias. La primera de ellas la pone sobre la mesa Chantal Mouffe: “estoy convencida de que tenemos mucho que aprender de las experiencias realizadas en el marco de lo que se denomina “activismo artístico”, (p. 255), refiriéndose en concreto a los proyectos de Act Up o Gran Fury. La segunda referencia, menos concreta, pero con un mayor conocimiento  del marco estético, es la que desarrolla a lo largo de su texto Jacques Rancière. Escribe Rancière al respecto: “Las cosas interesantes comienzan cuando el arte es indeterminado y pierde sus fronteras” (p. 388). La apuesta de Rancière por el arte crítico se construye sobre la idea de que un arte tal debe huir de la crítica directa y panfletaria.  La crítica “cuyo objetivo debía ser que la gente comprendiese que se encontraba en un mundo que no estaba bien y que había que cambiarlo, funcionaba sólo en la medida en que, de hecho, bastante gente ya sabía o cería saber que no sólo había que cambiar el mundo sino cómo cambiarlo. […] ¿Qué ocurrió? Pues ocurrió que estos análisis críticos empezaron a girar en falso” (p. 390). Para Rancière la forma de un arte crítico nace de la importancia de un proyecto emancipatorio donde el sujeto explotado se desidentifica, es decir, sale de la etiqueta que el poder le ha asignado. Así pues, su lectura de la crítica (y del activismo) retoma la forma del anonimato frente a un arte crítico asentado como “triste lamento” (p. 390).
Una vez leídas las escasas páginas que el libro ofrece acerca del arte crítico, podemos desarrollar, no lejos de los postulados de Rancière, la formulación de un encuentro entre el arte y la crítica. Un texto que Rancière conoce a la perfección es “El autor como productor” de Walter Benjamin, y a ese texto en concreto sería interesante regresar. Este texto de Benjamin se torna central para comprender la posición de muchos artistas que optan por el ámbito crítico. El texto de Benjamin es del año 1934 y tiene su origen en una conferencia pronunciada en el Instituto para el estudio del Fascismo. En este breve trabajo, y bajo influencia tanto del teatro de Brecht como de los experimentos de Sergei Tretiakov, Benjamin llamó al artista de izquierdas a “encontrar su lugar junto al proletariado”[8], señalando que “el lugar del intelectual en la lucha de clases sólo se puede determinar (o, mejor, elegir) sobre la base de su posición en el seno del proceso de producción”[9]. Lo que proponía Benjamin no era una simple implicación (condescendiente) con el proletariado, ni la construcción de un arte mascado y simplón de corte panfletario, sino que instaba al artista avanzado de izquierdas a intervenir, como trabajador revolucionario, en los medios de comunicación para trasformarlos. En lugar de un arte que represente el modo de vida de los trabajadores (los explotados ya saben que lo están, como señala Rancière) se debería tender a producir una nueva imagen del arte y de la cultura, desactivando las viejas fórmulas burguesas. Escribía Benjamin lo siguiente: “lo que tenemos que reclamar pues del fotógrafo es la capacidad de dar a su imagen un título concreto que la saque de las tiendas de moda y le confiera el valor de uso revolucionario. Y esta exigencia la plantearemos con el mayor énfasis cuando los escritores hagamos fotografías”[10]. A lo que añade que el artista ha de ser “capaz de convertir a los lectores o a los espectadores en colaboradores”[11]. Cuando Benjamin escribe esto ha visitado ya la Unión Soviética donde entra en contacto con Sergei Tretiakov, encuentro que será para él fundamental también a nivel literario. Aunque no lo menciona en el texto, Benjamin está refiriéndose a lo que en ese momento comienza a calificarse como literatura fakta, lo que podría definirse como literatura de hechos.  La literatura fakta o factografía supone una apuesta fundamental que en la literatura soviética desarrolló una forma diferente de trabajo crítico. Este tipo de trabajos abogaban tanto por la ruptura de géneros y disciplinas como por el valor del anonimato y del amateurismo. “Su apuesta —escribe Víctor del Río— venía a desarticular el modelo tradicional de novela burguesa a través de estrategias literarias como el skaz y el ocerk que recuperaban algunos géneros menores ensayados en el siglo XIX. La factografía se vincula, por ello, con una tradición antiburguesa presente ya en los géneros o subgéneros populares del realismo”[12]. Esta literatura fakta toma como modelo la realidad en estado bruto no gestionándola con la finalidad de construir un orden narrativo tradicional (ni esteticista). En cualquier caso la factografía fue un movimiento muy diverso. Por una parte, podríamos hablar de una literatura “cosista”, que proponía acabar con la imposición estructural que la novela tradicional concedía al héroe, para dar lugar a una literatura sobre las cosas, que pudiera prescindir de los personajes. Tal era la propuesta de Tretiakov en su Biografía de la cosa, que focalizó el trabajo de Benjamin antes citado. Otra forma factográfica hace referencia a la necesidad de acabar con la labor del escritor  tradicional consistente en ofrecer una percepción distanciada de las cosas, para sustituirla por  una descripción de los hechos desde el punto de vista del especialista-productor. La forma  breve “de la corresponsalía obrera debe alargarse para adquirir las dimensiones del ensayo productivo, en donde las cosas no se describirán ya metafórica o distanciadamente sino  mostrando el proceso dialéctico de su producción. Ahora interesa más la fiabilidad de los  hechos que su esteticidad. La obra ya no es un fin en sí misma sino un medio para presentar  un material real. La correspondencia cinematográfica la representaría en este caso el cine- ojo de Vertov”[13].  Volviendo a los modelos de recuperación de la literatura menor del siglo XIX, será el modelo del ocerk el más interesante para una recuperación actual de la literatura fakta. El ocerk es “un tipo de escritura que es un montaje de retazos textuales de procedencia heterogénea articulados a modo de crónica por un autor. El origen de la palabra ocerk se vincula con la idea de esbozo literario”[14]. El ocerk, como herramienta de esa literatura fakta, se sitúa en un territorio inexplorado entre la imagen fotográfica, el texto periodístico, la literatura, la entrevista, la crónica, y todo ello dispuesto no bajo una uniformidad narrativa, sino bajo su propia conciencia de fragmento y aproximación productiva. El ocerk es una herramienta de producción. Así, en palabras de Tretiakov, el ocerk no es asimilable a un género literario —aunque tenga su origen en un género popular—, sino que en realidad comprende en sí mismo otros géneros. El ocerk es un método prosístico que se ubica con ambigüedad entre la literatura artística y la literatura de carácter periodístico. Mejor dicho, y retomamos palabras de Gorki: “el ocerk se encuentra en algún lugar entre el tratado científico y el relato”[15]. Podría verse el ocerk, y en general a buena parte de la llamada literatura fakta, como un modo de trabajo similar al fotomontaje. De esta forma “la relación con los materiales persistentes, apropiados o recuperados mediante la cita, no hablan sólo de una literatura de los hechos, sino también de su antecedente como tales que configura una literatura de facto, anterior al autor y, por tanto, no sometida a su única “autoridad””[16]. Este modelo de literatura fakta ofrece —ofrecía— la posibilidad de establecer un vínculo con la realidad no desde un “realismo” que impostaba la realidad encajándola en un orden arquitectónico a merced de los gustos burgueses sino desde la producción de los mecanismos de esa realidad, permitiendo que ésta se mostrase desde lugares diferentes. Así, por ejemplo, la ruptura de los géneros, la introducción del fotoensayo (Tetriakov, de nuevo) o la participación colaborativa del proletariado en la propia escritura —es decir, la entrevista, el amateurismo, etc.—, favorecían un nuevo modelo desjerarquizado de lo literario. El escritor debía (y tal vez es todavía un reto) desidentificarse de su posición de escritor y salir de las fronteras en las cuales se dibuja para ofrecer una escritura capaz de aglutinar el caos de fragmentos sobre el que discurre lo real. En este sentido, la enseñanza de la literatura fakta puede encontrar en el espacio de las nuevas tecnologías, pero igualmente en el papel, un modo directo de intervención en lo real. Esta literatura factográfica, que juega a medio camino con la entrevista, el ensayo, el documental, la fotografía, el cine, el relato, la poesía, la catalogación, etc., podría construir modelos de acción crítica capaces de generar respuestas diferentes, alejados del mero “lamento” o el panfletarismo, pero también del esteticismo lúdico en el que ha desembocado cierto apropiacionismo actual. La pregunta en el aire es evidente: ¿es posible retomar elementos de la literatura fakta para el presente? Otra cuestión es: ¿tiene sentido esta pregunta en el contexto actual?

 [Este artículo apareció en el número 350 de la revista Quimera, enero 2013]




[1] Milton Erickson, The Confusion Technique in Hipnosis, “American Journal of Clinical Hipnosis”, 6, 1964, p. 186.
[2] VV. AA, Pensar desde la inzquierda. Mapa del pensamiento crítico para un tiempo de crisis. Errata Naturae, Madrid, 2012.
[3] http://www.larazon.es/noticia/816-rajoy-apela-a-la-unidad-como-signo-de-fortaleza
[4] http://www.abc.es/20120713/espana/abci-consejo-ministros-201207131130.html
[5]http://hemeroteca.abcdesevilla.es/nav/Navigate.exe/hemeroteca/sevilla/abc.sevilla/1961/06/04/052.html
[6] http://www.generalisimofranco.com/Discursos/discursos/1961/00038.htm
[7] Jacques Rancière, Sobre políticas estéticas, MACBA, Barcelona, 2005, p. 38.
[8] Walter Benjamin, “El autor como productor”, en Obras. Libro II. Vol. 2, Abada, Madrid, 2009, p. 304.
[9] Ibid., p. 305.
[10] Ibid., p. 307.
[11] Ibid., p. 310
[12] Víctor del Río, Factografía. Vanguardia y comunicación de masas. Abada, Madrid, 2010, p. 107.
[13] Pau Sanmartín Orti, La finalidad poética en el formalismo ruso:  el concepto de desautomatización. [Tesis doctoral. Disponible en: http://eprints.ucm.es/tesis/fll/ucm-t29437.pdf]
[14] Víctor del Río, op. cit., p. 109.
[15] Citado en ibid., p. 110.
[16] Ibid., p. 111.