domingo, 18 de septiembre de 2011

SOBRE LA POLÍTICA DE LA NOVELA (¿O ERA SOBRE LA NOVELA POLÍTICA?)







En el último número del suplemento cultural del diario El País, Babelia del 17 de septiembre, hallamos un texto firmado por Amelia Castilla, quien dialoga con el escritor Isaac Rosa acerca de su última novela: La mano invisible. Entre las cosas que me llaman la atención inicialmente es esta frase de Amelia Castilla: “Rosa considera que la influencia ideológica de la novela supera la del ensayo o la poesía”. Así la premisa capital parece evidente: la existencia clara de una influencia ideológica de la novela.  De este modo nos preguntamos: ¿influencia? ¿ideológica? Aquí el problema, en mi opinión, no es tanto el concepto de ideología sino el de influencia. En este caso el concepto de influencia presupone un estado de vacío que el novelista es capaz de rellenar desde un principio básico de verticalidad: en lo alto de la pirámide intelectual está el novelista que in-fluye en el lector. De esta forma el escritor opera como el cirujano ofreciendo una verdad desde lo alto. Aceptando esta premisa, creer en la influencia  de la novela fuera de los márgenes de la novela me parece hoy una postura llamativamente extraña. Se trata de una postura aislacionista, casi formalista, que obvia, evidentemente, la relegada posición de la novela —como medio— frente a dispositivos mediales más efectivos a la hora de influir. ¿Cómo medir la capacidad de influencia ideológica de una novela frente a otros medios? ¿Es que no es posible la influencia desde otro medio o mezclándose con otros medios? La novela que pretende ser crítica y política (como esta de Isaac Rosa o la última de Belén Gopegui) influye únicamente en el universo consensual donde se acepta, no crea ningún tipo de disenso más allá del necesariamente autoimpuesto para ser etiquetada como “política” (dentro de un marco politico-literario que necesita esos gestos de cara al mercado). En este sentido puede ser una narrativa política pero no crítica, es decir, básicamente consensual. Este tipo de novelas (como unas cuantas de nuestra narrativa patria) son generadoras de tensiones en el interior de la política de la novela pero no son artísticamente políticas. Es decir, generan reflexiones que se encierran en el interior de la política literaria (formada por instituciones, críticos, suplementos, blogs, etc.) pero no generan un arte político, en tanto que son básicamente consensuales, o responden a una lógica consensual donde, por ejemplo, el excluido —figura hoy que sustituye a la difuminada figura de “el pueblo”— que está fuera debe ser metido dentro a través de la contribución de la novela (o del arte), es decir, a través  de una pedagogía narrativa.
      Más adelante el propio Rosa añade: “La narrativa de ficción es más eficaz que otras formas de escritura en el sentido de intervenir en el debate social a la hora de denunciar, sobre todo, por la recepción que tiene, la manera de ser leída, el propio potencial de la narrativa y que otros géneros intentan apropiarse. Vemos cada vez más ensayos de base narrativa, historiadores que parece escriban una novela histórica, filósofos que cuentan una historia. […]Ahora mismo se podrían escribir novelas sobre las condiciones de vida de los trabajadores”. Señala Rosa una eficacia de la novela a la hora de denunciar, pero evidentemente esa denuncia (y la injusticia derivada) es de sobra conocida por quienes sufren cada día esa injusticia. En este sentido podemos situar frente a las palabras de Rosa lo expuesto por Jacques Rànciere en Sobre políticas estéticas: “Los explotados no suelen necesitar que les expliquen las leyes de explotación. Porque no es la incomprensibilidad del estado de cosas existente lo que alimenta la sumisión, sino la ausencia del sentimiento positivo de una capacidad de transformación”. De esta forma, suponer que los trabajadores por leer una novela en la que se les retrate van a transformar su sentimiento hacia la explotación es excesivo,  o excesivamente utópico (cuando no ridículo). Igualmente es excesivo suponer que la novela ya sea “por la recepción que tiene” (¿el mercado editorial? ¿la critica?, es decir, de nuevo, la política literaria), o “por la manera de ser leída” (¿?),  o por “el propio potencial de la narrativa” (¿potencial económico? ¿potencial mediático?, es decir, de nuevo, política literaria no literatura política) es más efectiva.
      Y otra cuestión: ¿por qué se apropian otros géneros de la narrativa, siempre suponiendo que la narración fuese patrimonio de la novela? Entre otras respuestas caben dos: o bien porque vende más (política literaria) o bien, como extensión de lo anterior, como pedagogía. Entonces podemos preguntarnos, ¿habla Rosa de ideología o de pedagogía? ¿habla de narrativa o de pedagogía? Esa sería otra (u otras) duda(s). ¿Podemos hablar de una influencia pedagógica de la novela hoy?
      De este modo cuando se habla de novela política en realidad se habla de la política de la novelística, que suprime su condición crítica a favor de su condición pedagógica, o de influencia pedagógica donde el “yo” impone su criterio autorial/consensual con el propio mundo de la novela.
     Tal vez citando de nuevo a Rancière podemos apuntar que la posibilidad de una novela política y crítica puede venir filtrada, al contrario de lo expuesto por Rosa, por la fuga del sistema novelístico; una fuga hacia un sistema en el que lo no-literario cumpla un papel importante. Introducir lo no literario (el documento, la imagen, el archivo) en la literatura, huyendo del dogma novelístico. Sin embargo, señala el mismo Rancière, este tipo de arte provocaría la fractura de la política de la novela con todas sus instituciones ya que “la realización de esta obra implica la desaparición total del autor, la anulación de su voz y de su estilo. […] Implica la casi indescirnibilidad de su escritura”. La paradoja es clara: una novela política sólo puede existir sobre la fractura de cierto sentido de la política de la novela y sus instituciones. No se trata de apuntar hacia un sistema barthesiano sino quizá podemos apuntar hacia un modelo más antiguo: el modelo factográfico, donde la política y la escritura se cruzan. Desde mi punto de vista es en la mezcla de materiales y a través, precisamente, de la superación del modelo novelístico (en su sentido de política de la novela) donde se puede superar la pedagogía, y tratar de conectar con una novela política, crítica, no consensual, si ésa es la intención. La factografía, como Víctor del Río ha estudiado en su reciente libro Factografia. Vanguardia & Comunicación de masas,  señalaba en su sentido original en la vanguardia la escritura de los hechos, donde se mezclaba fotografía, montaje, prensa, narración, etc. El propio del Río, quien conecta este proceder con el de la neovanguardia, escribe: “La factografia, por tanto, es la organización de un discurso a partir de materiales documentales entre los que puede haber tanto imágenes como textos. La narración de los hechos, no obstante, remite a una especie de nueva literatura que trasciende los universos escindidos de la realidad y la ficción. […] En realidad, tan sólo son materiales en espera de tantas interpretaciones como sujetos organicen los documentos”. En este sentido la obra literaria puede ampliar o ensanchar sus posibilidades al conectarse con otros medios.
       La novela “llamada política” ahora por la misma política literaria de los suplementos politiza en un sentido meramente literario (o como mucho pedagógico). La novela “llamada política” puede entenderse como “el añadido” crítico que necesita todo consenso —toda sociedad consensual— siendo, así misma, una necesidad de la política literaria del momento, pero difícilmente puede entenderse como literatura política con intención de criticar o transformar nada.

[CODA]


      Un caso llamativo sería el de Belén Gopegui en su última novela, Acceso no autorizado, también tildada de política en tanto que hay políticos entre sus personajes. Si nos referimos a una novela anterior como El lado frío de la almohada, donde defiende la revolución cubana, creo que las palabras del novelista cubano Juan Abreu en su novela Cinco cervezas lo dicen todo respecto a un posicionamiento político concreto: “Belén Gopegui ha declarado que la REVOLUCIÓN de la isla pavorosa es: un proyecto admirable y ojalá dure mucho tiempo y se extienda por todo el mundo.  Esto mientras se zampaba una langosta en la isla llena de muertos de hambre y de prisiones y de poetas torturados y de bibliotecarios pateados y de escritores envilecidos y paseaba su coño acostumbrado al buen jabón y a exquisitas almohadillas sanitarias por un país donde las mujeres no tienen jabón para lavarse el culo ni qué ponerse en el bollo cuando menstrúan”.      En su última novela, Acceso no autorizado, lo interesante es, sobre todo, la política de la novela. La recepción crítica de la novela aboga, precisamente, por el sentido crítico de la autora como soporte político de la novela. Laura Freixas en la revista Mercurio escribe: “Y en su trayectoria personal, Gopegui se ha mostrado siempre como una escritora incorruptible, que no tiene miedo de ir contracorriente ni se deja tentar por cantos de sirena”. Y añade que el carácter crítico reside en unos personajes que “son inteligentes, críticos con la injusticia social, y sin ser derrotistas, resultan algo tristes, ante la evidencia de su escaso —aunque no nulo— poder para cambiar el mundo”. Y concluye: “tiene una rara y valiosa cualidad: la de ejercer, sin miedo, el sentido crítico”. De nuevo hallamos la confusión entre crítica, capacidad de transformación, narratividad, etc. Ahora bien, en este caso la pregunta que me acosa —y no es nueva— es la que se refiere, insisto, a la política de la novela, en su forma de política editorial. ¿Se puede ser crítico publicando en una editorial como Mondadori? ¿Es legítima una crítica política si la editorial que publica el libro pertenece a la familia Berstelmann cuya ascenso económico y editorial se debió al apoyo y financiación de los nazis (su autor de cabecera fue el autor de la proclama de la quema de libros) y la otra parte del accionariado  pertenece a Silvio Berlusconi; hecho éste que ha provocado que en Italia algunos escritores hayan decidido huir de esa editorial de apariencia cool? ¿No es este tipo de novelas “llamadas políticas” el necesario disenso que necesita toda sociedad para legitimar su sentido (y necesidad) consensual?
        [O tal vez no.]

16 comentarios:

ana dijo...

Ese problema, que el punto de enunciación constituya el enunciado (que lo hace) también me acosa a mí, con la posibilidad que tienen de cancela el sentido. La problemática que propone tu lectura debería estar en el centro de toda aproximación crítica a la cultura.

José dijo...

Un gran texto Alberto... más bien las personas cambian para leer los libros digo yo... es una buena paradoja.

Jorge Díaz Martínez dijo...

Saliendo del caso concreto de Gopegui, el problema de desautorizar a un producto o a una entidad (individual, colectiva)en función de su canal de distribución, de su pertenencia a una institución -pública, privada-, a sus fuentes de financiación, etc. a las que se critica desde un punto de vista ético, puede que sólo pueda paliarse desde una consideración de grado, de distancia, o de independencia del "objeto" respecto a esas instituciones. Pero ¿cómo medir esa distancia? ¿no existe acaso una cadena de dependencias que nos implica a todos y de la que no nos es posible escapar, a excepción de no participar de forma alguna en las estructuras económicas de esta sociedad? Porque cualquier funcionario de la enseñanza pública está recibiendo dinero de una "institución", en este caso nacional, estatal, sobre la que es más que posible realizar juicios condenatorios de un calibre mayor a los que puedan realizarse de la mayoría de las empresas editoriales privadas. Si nos referimos sólo a sus fuentes de financiación, habría que incluir industria armamentística, explotación de naciones subdesarroladas mediante la deuda, daños medioambientales a escala mundial, etc. etc. etc. ¿Es posible publicar una novela "políticamente crítica" en una editorial fascista? Pero, ¿es posible impartir una clase -por ejemplo- políticamente crítica en una "universidad pública", sabiendo que la financia un estado al que fácilmente podríamos tildar de "criminal"? Por eso, me parece que la diferencia es sólo una cuestión de grado.

Jorge Díaz Martínez dijo...

¿Y qué decir de un premio literario, por ejemplo, subvencionado por una diputación en, pongamos, 6.000, 9.000 o 12.000 euros? ¿O de una lectura de poemas de media horita retribuida en, digamos, 300 euros o el doble? ¿No es eso reprobable, no es hipócrita? ¿No es una ingenuidad supina dar por sentado que nuestro dinero público está más limpio que el de Berlusconi o el de Mondadori? ¿No salta a la vista que somos tan culpables como cualquiera cuando participamos en y nos beneficiamos de -por ejemplo- operaciones militares que nos implican en un estado internacional tan totalitario y tan fascista, tan corrupto y absolutista como el que más? Pero nosotros, los escritores, los intelectuales, no hacemos como esos autores italianos (tan dignos, tan coherentes, tan comprometidos) que deciden no publicar en Mondadori... no, nosotros no es que no veamos, es que no queremos ver la ligazón entre esas monedas que tan agradecidamente aceptamos (y yo, yo el primero, porque yo, "yo no soy tonto") y un estado de cosas, y unos hechos históricos, que nada dignifican, ni limpian, ni dan esplendor a un estado cuyo ascenso económico no está menos manchado de sangre que el cualquier otra nación o que el de Mondadori. Pues sí. ¿Alguien se imagina que de golpe todos los escritores empezáramos a rechazar el dinero público, a rechazar la dotación económica de los premios literarios, los honorarios por "nuestra intervenciones"? Pero no, no lo haremos. Porque, ¿dónde ir? ¿a dónde escapar? ¿dónde publicar? ¿de qué comer? Existir en este mundo es aceptar que todos somos cómplices. Y una buena forma para empezar a mejorar las cosas es reconocerlo.

ana dijo...

Para alcanzar la cohesión y la coherencia (aristóteles) es preciso ser consciente de los puntos de enunciación. Si ganas 6000 euros o te pagan 300 dilo y habla desde ese punto de enunciación o desde esa tribuna institucionalizada integrándolo de manera AUTOCRÍTICA en el discurso.

Jorge Díaz Martínez dijo...

Pues sí, totalmente integrado en el discurso, desde ese punto de enunciación hablaba y claro que implica autocrítica, me parece que eso era lo más obvio, de hecho, me incluyo literalmente. Hablo en primera del plural no por retórica. Pero, con todo, no pretendía "denunciar" nuestro sistema literario -que ya todos conocemos- sino sólo ampliar un poco la perspectiva de lo apuntado por Alberto. Besos, Ana.

ana dijo...

besos jorge.

Alberto Santamaría dijo...

Creo que el tema, como señala Jorge, es de perspectiva, desde donde, pero sobre todo con qué intenciones. Por ejemplo, si yo trabajo para la universidad, en tanto que trabajador, puedo criticar a esa universidad e igualmente como teórico, pero sabiendo y asumiendo que mi crítica parte de ese lugar. Yo hablaba, o pretendía hablar, de las posibilidades críticas de la novela. Es decir, en el caso de Mondadori, me parece -no hace falta que lo diga- una editorial fantástica, con un gran catálogo, con escritores cojonudos, ahora bien, si se pretende construir una novela crítica y política y publicarla en Mondadori he de saber sobre qué me muevo...
muchas gracias por vuestra lectura

Clément Cadou dijo...

A Alberto Santamaría: enhorabuena por el texto.

A Jorge Díaz: parafraseando a Orwell, todos somos cómplices, pero algunos son (o somos) más cómplices que otros. Se trata, por lo tanto, de intentar minimizar en la medida de lo posible nuestra complicidad. Sin heroísmo.

Abraham Gragera dijo...

Qué buen texto, Alberto. Qué falta hacen este tipo de análisis. Un abrazo grande.

Alberto Santamaría dijo...

gracias clément, y gracias querido abraham... espero que nos veamos pronto

Miguel Espigado dijo...

Alberto, estoy muy de acuerdo con gran parte de tu artículo, y creo que es muy importante reflexionar sobre las relaciones éticas entre editor y escritor. En este caso, yo te lanzaría una pregunta. ¿Por qué detenerse en la editorial? ¿por qué no reclamar también una posición ética hacia toda la cadena de producción que implica la manufactura del libro? Eso incluiría, por ejemplo, la procedencia del papel, las condiciones laborales de la empresa que lo suministra, así como de las máquinas que los imprimen, etc. Y ya puestos, ¿lo más ético no sería renunciar al objeto-libro, y volcarse en la literatura digital? Más ecológico, menos mercantilista, etc, etc.

Alberto Santamaría dijo...

hola Miguel, creo que mi argumento no pretendía ser tan radical como presupones, sino que se sitúa más en el plano simbólico que en el ético, más en lo político que en lo ético. Yo no trato de decir (no soy quien) que no se debe publicar en tal o cual editorial porque sean fascistas o incumplan con el medioambiente, sino más bien apuntaba hacia el hecho, mucho más simple, de que si yo pretendo escribir una novela de crítica política he de reflexionar primero y tener en cuenta el lugar desde el que escribo, el medio que va a filtrar eso al mercado. No estoy criticando al catálogo de Mondadori, sino otra cosa. Como ya he dicho varias veces, en varios frentes, Mondadori me parece una editorial fantástica, donde publican muchos escritores que admiro. No, no iba por ahí el tema, sino al hecho de la novela política y su soporte. Ese era estrictamente el tema. Isaac Rosa, por ejemplo, me parece un escritor muy bueno, cuyos libros leo encantado, lo que trato de cuestionar no es su literatura (que me gusta) sino la pretensión de que sea transformadora en algún sentido.
Volviendo al medio, me pregunto: ¿podría ser cool en España una editorial de la que fuese inversor mayoritario y cabeza visible José María Aznar o Mariano Rajoy? pero sobre todo ¿podría publicarse ahí una novela tipo la de Gopegui?
Y lo del papel. Por casualidad abro el libro de Nordbrandt (uno de mis poetas favoritos) "Nuestro amoe es como Bizancio", publicado, sí, por Mondadori, y allí leo: "El papel utilizado para la impresión de este libro ha sido fabricado a partir de madera procedente
de bosques y plantaciones gestionadas con los más altos estándares ambientales, garantizando una
explotación de los recursos sostenible con el medio ambiente y beneficiosa para las personas.
Por este motivo este libro cumple los requisitos ambientales y sociales necesarios para ser
considerado un libro "amigo de los bosques", proyecto que promueve la conservación y el uso
sostenible de los bosques, en especial de los Bosques Primarios, los últimos bosques vírgenes del
planeta". Ya ves, Greenpeace y Mondadori.
gracias por tu lectura, Miguel. Y que no vemos pronto.
abrazos

Miguel Espigado dijo...

Buena aclaración, que centra más un asunto que me parece todo un acierto abordar. Un abrazo

Anónimo dijo...

Caballo de Troya

Alberto Santamaría dijo...

????