viernes, 13 de junio de 2008

EL PATRIOTA


Un equipo de la Universidad de Queensland se esfuerza en demostrar la existencia de vida en los nanobios. La herramienta principal del equipo es un microscopio electrónico de barrido Jeol 890, un instrumento capaz de aumentar los objetos casi un millón de veces. Bien, pues ni usando el microscopio electrónico de barrido Jeol 890 podría hallar en mí interés alguno, ni mucho menos sentimiento, relativo a lo que llamamos nación, patria o región. Lo he intentado, de veras. He tratado de decirme soy español, me he puesto la mano en el pecho, he revisado su cultura, su historia, su tradición, he visto partidos de todas sus selecciones, he recurrido a la Universidad de Queensland, y nada. También me he dicho soy cantabro, y eso quizá ha sido peor. En fin, que me daba igual. Sin embargo, al leer a Vivanco encuentro una afinidad: “Ser español ocupa un puesto secundario en el orden de importancia de las cosas que soy. A mí, que no soy patriota, y que no siento a España como nación o unidad de destino, me coge España o el amor a la patria por dos cosas: la geografía, el puro paisaje, y la lengua, el idioma”. Eso se asemeja más. Paisaje e idioma y quizá algo más, administración. Creo en la nación, por ejemplo, como eje administrativo, como regulador o árbitro, y punto. ¿Por qué ha de imponérsenos una idea sentimental de nación? El nacionalismo, de cualquier clase, es una lacra y lo es sobre todo por ser sinónimo de sentimentalismo, y el sentimentalismo patriótico y prepotente nos ha llevado muchas, muchísimas veces al desastre. Identificarse con símbolos, ya sean banderas, escudos e himnos, no es sinónimo de unidad como algunos quieren hacer creer, sino conciencia plena de exclusión. Quien no se identifique o no quepa en su exclusiva simbología nada tiene que hacer. Lo importante de un Estado es saber administrar sus diferencias, lo peligroso: identificarse con símbolos y sentimentalismos de otro siglo.
Como resumen me apropio de un poema de Carmelo Iribarren: mi mujer y mi hijo, estas paredes y estos libros, un puñado de buenos amigos aquí y allá que me quieren –y a los que yo quiero de verdad-, las olas del cantábrico en septiembre. Tres bares, cuatro con algún otro garito de otra ciudad. Aunque sé que me dejo algunas cosas, puedo decir que, de ser algo, ésa es mi patria. Lo demás son historias.

(publicado el día 13 de junio de 2008, en El mundo ed. Cantabria)

3 comentarios:

ana dijo...

Es precioso Alberto.

ana dijo...

Es precioso Alberto.

Alberto Santamaría dijo...

gracias Ana, me gusta que te guste.