lunes, 10 de enero de 2011

EL ARTE DE LOS EFECTOS. PALABRAS, IMÁGENES. (A PARTIR DE UN ARTÍCULO DE PATRICIO PRON)


En el año 1939, unos cuantos años después del dadaísmo y cuando el universo pop quedaba aún muy lejos en el horizonte, Clement Greenberg escribía su conocido trabajo “Vanguardia y Kitsch”. En aquel artículo Greenberg se preguntaba algo que hoy nos sonrojaría por su ingenuidad: cómo es posible que una misma civilización produzca “dos cosas tan diferentes entre sí como un poema de T.S. Eliot y una canción de Tin Pan Alley, o una pintura de Braque y una cubierta de Saturday Evening Post”. Resumiendo: lo que le asombraba al bueno de Greenberg es cómo era posible que algo que provenía directamente de la orbe del capitalismo, es decir la producción visual (burguesa) de la cultura de masas, se comenzase a entrometer en la vida cotidiana y adquiriese un papel mayor que la verdadera cultura (el arte de vanguardia). Sí. A nuestros ojos puede parecernos elitista la visión de Greenberg, pero lo que ocurre es que comenzaba a visualizar lo siguiente: si la cultura de masas, sometida a la fe de la imagen, gustaba de los efectos estéticos y expresivos del arte (pero no de sus procesos) podría ocurrir que en el futuro el arte deseara adquirir los efectos de la cultura de masas, es decir, los usos capitalistas de distribución, mercantilización y promoción de lo que otros filósofos de la época comenzaron a llamar la “hollywoodización del arte”. Y así fue. Pero esa sería otra historia. Los artistas han necesitado de estos mecanismos de distribución del yo o de gestión del sujeto artístico. La lista sería demasiado larga. Sin embargo, salvo excepciones, parecía que la literatura (y sobre todo la poesía) permanecía ajena a estos procesos de visualización. Y por ello, quizá, Greenberg cite a un numero mayor de escritores que de artistas visuales en su texto. ¿Puede la literatura “venderse” del mismo modo? Curiosamente, más de setenta años después, la pregunta se invierte, ¿puede existir un escritor sin los efectos de la cultura de masas? La literatura necesita urgentemente de la imagen, pero no de cualquier imagen. La época de la imagen del mundo, que diría Heidegger, exige una imagen eficaz y eficiente, donde la tecnología sirva de soporte. De esto hablaba precisamente Patricio Pron en un reciente artículo en el “ABC cultural” titulado “Promoción, renovarse o morir”. Un artículo, sin duda, de necesaria lectura. En el artículo en cuestión encontramos dos partes bien diferenciadas. La primera, un tanto superficial en la que narra a modo de recuento como diversos artistas parecen haber descubierto que hacer cosas más allá de los libros mola, y una segunda parte profunda y muy sugerente donde reflexiona con mayor interés sobre los problemas que ello conlleva. Como resumen de esa primera parte que puede entenderse como catálogo de formas de hacer comparemos estos dos textos:

a) En el escenario de una taberna llamativa, abigarrada de cosas y atestada de gente hay varias figuras fantásticas y peculiares que leen sus poemas y gritan. La gente alrededor de nosotros está gritando, riendo y gesticulando. Nuestras respuestas son suspiros de amor, retahílas de hipos, poemas, mugidos, maullidos. Mientras alguien lee sus poemas otros pintan. Y otros con máscaras y música de fondo gritan sus textos”

b) “Alguien grita sobre un escenario, alguien gime, dos personas leen sus textos mientras sobre sus rostros se proyectan imágenes de carreteras, alguien ordena cocinar cabezas de cerdo y otra persona finge realizar una intervención quirúrgica”.

En apariencia dos textos similares. El problema (de ser un problema, que no lo creo) reside en que el texto a está escrito en 1916 por Hugo Ball y el b por Patricio Pron en 2011. Casi cien años separan un texto de otro. Pero como señalaba antes esto no rebaja el interés ni la sugerencia del texto de Pron, al contrario. La diferencia radical entre el texto a y el texto b se sitúa en el efecto comercial de lo visual, que es de lo que hablaba Greenberg y sobre lo que nos trata de poner sobre aviso Pron. En la segunda parte del texto se adentra en esta diferencia. En el dadá el nihilismo capitaneaba toda acción en tanto cuanto no había una finalidad determinada, mientras que en la actualidad, como bien visualizó Greenberg, el escritor busca el efecto por el efecto con el fin determinado de hacerse visible. Y esto lo retrata perfectamente Pron: “en un marco en el cual los escritores parecen tener interés en cosas distintas de la literatura, y en el que la escritura es vista en algunos casos como un escollo para la obtención de visibilidad pública […] los escritores han diversificado sus actividades no sólo a raíz de la percepción de que la literatura ha perdido su combate imaginario contra la cultura audiovisual, sino también porque han interiorizado las reglas del capitalismo tardío”. Videos promocionales, performances, eventos, etc., atraviesan como un huracán la agenda de muchos escritores, necesitados de ese universo paralelo. Como bien señala Pron, “ya no es el libro lo que posibilita la existencia social del escritor, sino éste el que hace posible la de los libros; el escritor ha comenzado a funcionar a la manera de ciertas fábricas que periódicamente necesitan sacar al mercado un nuevo electrodoméstico o un nuevo coche para no devaluar su “valor de marca””. Y finalmente Pron propone una cuestión clave: si no será que todo este entramado de acciones no es muestra evidente de la claudicación de la literatura, “la aceptación acrítica por parte de algunos del supuesto triunfo de lo audiovisual sobre la cultura letrada”. La pregunta, en cualquier caso, está en el aire, y quizá sea irresoluble. Ahora bien, lo evidente, ante esta marejada de acciones visuales de promoción por parte del escritor, no es una respuesta que diga todo esto es bueno o todo esto es malo. En realidad, es mucho más complejo. Pero… me gusta mucho la respuesta que ya diera Lyotard allá por los ochenta: «el secreto de un éxito artístico, lo mismo que el de un éxito comercial, radica en una dosificación entre lo sorprendente y lo “bien conocido”, entre la información y el código. Tal es la innovación en las artes: se retoman fórmulas confirmadas por éxitos precedentes, se las desequilibra por medio de combinaciones con otras fórmulas en principio incompatibles y de amalgamas de citas, ornamentaciones, pastiches. [...] De tal modo, se cree expresar el espíritu del tiempo, cuando no se hace sino reflejar el del mercado. La sublimidad ya no está en el arte, sino en la especulación sobre el arte».

[CODA]

Bien. Puede ser cierto. Pero esto tiene el problema paradójico visto desde el otro lado, el lado de las artes visuales. Curiosamente en las artes visuales el problema se sitúa en la excesiva literaturización de los artistas. Es decir, ahora todos los artistas quieren ser también escritores o utilizar la palabra. Hay ejemplos jugosos e interesantes como el del omnipresente Pedro G. Romero y muchos otros. Sin ir más lejos en el mismo suplemento en el que Pron señalaba la victoria de lo audiovisual sobre la cultura letrada, unas páginas más adelante, en la sección sobre arte, leíamos lo que ocurría en la otra parte del terreno de juego. Y allí encontramos lo que Ernest B. Gilman denominó “el imperialismo del lenguaje” al que se someten las artes visuales. Pongamos ejemplos. Si el texto de Pron ocupa las páginas 18 y 19 del suplemento, en la página 27 podemos acercarnos a la entrevista a Bleda y Rosa por su participación en la Bienal de Arte de El cairo. En ella nos topamos con frase del tipo: “Pero aquí hemos buscado que la lectura de tiempos se evidencie. Podemos leer las imágenes. […] Queremos que el espectador utilice la imaginación para leer la imagen”. Leer. Leer. Leer. En la página 31, Fernando castro Flórez nos habla del trabajo de Iván Navarro que actualmente se expone en la galería madrileña Distrito 4. Hallamos en primer lugar la influencia de un filósofo del lenguaje: Wittgenstein, y según cita el crítico, Ivan Navarro opina lo siguiente de su trabajo: “Mi propósito al trabajar con textos escritos en neón es investigar un aspecto del lenguaje que muchas veces no es percibido conscientemente por quien lee. Esto es, entender el texto también como imagen”. Y como señala Castro Florez, “pozos realizados con ladrillos también nos hechizan con sus palabras simples: “OIDO”, “CODO”, “DEDO””. Wittgenstein, texto, lectura, palabras.

Sí, es curioso, pero como buena paradoja es irresoluble. O no.

8 comentarios:

Sociedad de Diletantes, S.L. y Casilda García Archilla dijo...

Es como... si (¿se?) necesitaran demasidas palabras para "leer" las imágenes. Es decir: demasiadas palabras

Vicente Luis Mora dijo...

Creo que voy a hacer algo que une las dos partes de tu artículo, Alberto: citarme a mí mismo a propósito de tu interesante Coda final:
“Las recientes tendencias arquitectónicas hacen hincapié en esta relación nueva entre lo poético y lo constructivo, como el deconstruccionismo de Peter Eisenlman la Coop Himmelb(l)au y Zaha Hadid, las citas situacionistas de Tschumi, las referencias lacanianas de Diller y Scofidio, etc. El porvenir de la arquitectura es más literario que arquitectural, más lingüístico que formal», afirma Jean Nouvel, aunque esta literaturización no se reduce, ni mucho menos, a esta rama artística, ya que todas siguen en plena explosión conceptualista. Seguramente algunos arquitectos estarán en contra de esta invasión semiológica de la arquitectura, pensando que desnaturaliza el objeto de su disciplina, afectada primero por la escultura, y ahora por esta morralla literaria 68, que parece encaminada a materializar esa aporía de Eisenman, la «arquitectura abstracta». Cita Luis Racionero a la crítica Ada L. Huxtable: «Tenemos a menudo la impresión de que las conclusiones y críticos son el programa de trabajo del arquitecto, en vez de ser al revés»; Racionero añade: «Se escribe sobre arquitectura en el argot de moda de la crítica literaria o de la filosofía que domina los círculos intelectuales internacionales»; y se llega al límite de que Eisenman o Ito pidieran a Jacques Derrida el «visto bueno» de alguno de sus proyectos. Quizá esta postura de denuncia es lógica, justa. Pero hay que recordar que, por un lado, y como dice Marc Augé, el arquitecto siempre tiene la «tentación complementaria» de la escritura, porque «quiere inscribir en la forma que construye una intención, una alusión, un sentido». Y, por otro, no debe olvidarse que toda revolución artística, según el mismo T. S. Eliot, comienza siendo una revolución del lenguaje. Esta asimilación de la piedra a la palabra (Callois sería la inversa) puede ser sólo un punto de inflexión para seguir ahondando, dentro ya de valores y perspectivas más puramente arquitectónicas, en el futuro de la construcción. También aquí es necesaria, como en todas las demás artes, una revolución de contenido”; Vicente Luis Mora, Pasadizos. Espacios simbólicos entre literatura y arte; Páginas de Espuma, Madrid, 2008, pp. 137-38

Alberto Santamaría dijo...

Querido Vicente, muchas gracias por tu aportación, sin duda muy interesante. El tema o los temas que se tratan de discutir aquí son de una extraña complejidad. Extraña por varios motivos. A nivel "mercantil", por llamarlo de algún modo, es evidente el interés de ciertos escritores por la apropiación de unos medios que en principio -sólo en principio- le son ajenos a la literatura. No considero a la oralidad espacio literario. La literatura -como señalase Havelock- comienza con la escritura. Esto no quiere decir que me parezca mal hacer el chorras -yo mismo lo he hecho y lo sigo haciendo- sobre un escenario o en un bar leyendo mis textos. Sin embargo, lo que quiero remarcar es que lo que importa en la literatura es la escritura. El problema, creo, es cuando el escritor crea con el objetivo de ser "espectáculo a lo dadá", es decir cuando el efecto precede a la causa. Y esto, lo sabemos, es imposible o una estupidez. Como decía Michael Fried, "cuando el teatro se cuela entre las artes es cuando la cosa va mal". Algo parecido, decía. Sólo hay que ver las cursiladas, de vergüenza ajena, que se hacen bajo nombres como holopoesía, micropoesía, net-poetry y demás. Porque el medio sea "moderno" eso no implica la actualidad del contenido. Uff, me voy por las ramas... Y tampoco lo tengo excesivamente claro.
Otro elemento sería la cuestión de las relaciones ida-vuelta de la palabra y la imagen. Aquí las teorías se amplían. W. Steiner, Mitchell, Gillman... plantean cuestiones relativas a esta cuestión del llamado "imperialismo del lenguaje".
Otra cosa. El texto de Pron es muy sugerente, con muchos puntos a tratar. A España esto parece que llega tarde.
abrazos

Vicente Luis Mora dijo...

Sobre el texto de Pron prefiero no hablar, lo leí y me dio la impresión de que se penalizaba lo audiovisual, como si hacer una performance fuera más dañino que hacer una presentación de un libro para salir en una foto de prensa junto al autor del libro. Al cabo, todo son imágenes desde que se inventó el daguerrotipo, ¿no? Las fotos en las solapas de los libros son también publicidad audiovisual, sólo que alguos no caen en en la cuenta de ese detalle. Eso sí, en lo que te doy la razón, y a Pron también, es que sin buena literatura no hay nada. Pero la cuestión interesante, que ni Pron, ni tú, ni yo, podremos nunca zanjar es: bien, imaginemos que ya tenemos buena literatura. Y ahora, ¿qué hacemos, qué podemos o debemos hacer, por ella?
Un abrazo, Alberto, un lujo leerte, como siempre.

Antonio dijo...

Hola a Alberto, a Vicente y al resto de 'comentaristas'. Me entrometo en un ámbito que no es el mío solamente para decir un par de cosas:

- que los análisis de Leo Löwenthal sobre la sociología de la literatura, tanto o más que los textos de Adorno y de Horkheimer de los años treinta merecerían un vistazo al hilo de vuestro debate.
- que la 'buena literatura' -si aceptamos la categoría, bastante discutible por otra parte: ¿buena para qué época?¿buena para quién?- como la buena música no requieren de apoyos. Caben los olvidos, las desmemoria, las maniobras rastreras para que un compositor, un escritor, un poeta permanezca en la oscuridad cierto tiempo. Pero antes o después emerge la obra que lo merece. Ahí tenéis la historia del olvido y recuperación de la Pasión según San Mateo de Don Juan Sebastián Bach, por ejemplo.

Alberto Santamaria dijo...

Vicente: no creo que Pron penalice lo audiovisual, sino determinados usos. Quiero decir que las performances poéticas, los spoken word (lo que siempre se llamó recitar con música como hacia Nuria Espert, por ejemplo. ¿Nuria Espert sería spoken word? Tendré que investigar) son en sí formas de arte moribundas, que al arte contemporáneo le queda lejos. Es decir, la única razón de ser de esos eventos es su caracter mercantil, de negocio y no me parece mal, lo que veo insufrible y perverso es hacernos creer que esos son elementos artísticos paralelos a la obra, con cariz pureta de obra de arte. No. Es puro y llanamente mercadear, e insisto, no me parece mal, pero que no lo traten de vender como otra cosa. Escribir poesía no es negocio ahora bien gritarla por un megáfono con subvención del banco de santander sí es negocio. ¿Que me parece mal cobrar subvenciones? No. Pero hacer de la subvención obra de arte, sí. Y la cosa no sería demasiado chunga si la calidad de esos poemas fuese aceptable, que no lo suele ser. No me lo trago.
Antonio: toda la razón. Ahí Adorno y mi amado Horkheimer merecen atención. No está trasnochado su texto "La industrial cultural", pero incluso más interesante su "Poesía lírica y sociedad". Eso merecería una entrada en sí. ¿Las obras resisten su olvido? No lo sé. Tendemos a establecer estructuras tan férreas que muy poco revive después de su olvido. NO lo sé...
en fin, que desbarro: abrazos

victor dijo...

Buenas,

una sugerencia: para un análisis de las leyes de mercado asociadas a la incorporación y exclusión de vetas culturales es muy recomendable el libro de Groys "sobre lo nuevo", de significativo subtítulo: "ensayo de una economía cultural". Ahí podrían incluirse los trasvases entre literatura y arte y otras muchas estrategias... Alberto, ¿no hemos hablado de él alguna vez?.

Por otro lado, otra sugerencia al hilo de tu comentario, un tema que a mí me interesa especialmente:

¿y si resulta que no es tanto que el arte imite al capitalismo (cosa bastante probable a estas alturas y consecuencia natural de "todo lo demás"), sino que el capitalismo imita al arte y, en particular, al mecanismo de génesis de valor que instituye la vanguardia?

Seguro que serán ambas cosas combinadas, pero me parece fascinante reconocer esos "tics" vanguardistas en el planeta mundo tal como lo conocemos...

abrazos

Alberto Santamaría dijo...

De hecho, Víctor, mi lectura está pensada desde Groys. El tema de la relación capitalismo-novedad es muy fructífera para analizar hechos actuales. Sobre eso, precisamente voy a colgar ahora una nueva entrada.
abrazos