En el último
número del suplemento cultural del diario El País, Babelia del 17 de septiembre, hallamos un texto firmado por Amelia
Castilla, quien dialoga con el escritor Isaac Rosa acerca de su última novela: La
mano invisible. Entre las cosas que me llaman la
atención inicialmente es esta frase de Amelia Castilla: “Rosa considera que la
influencia ideológica de la novela supera la del ensayo o la poesía”. Así la
premisa capital parece evidente: la existencia clara de una influencia
ideológica de la novela. De este
modo nos preguntamos: ¿influencia? ¿ideológica? Aquí el problema, en mi
opinión, no es tanto el concepto de ideología sino el de influencia. En este
caso el concepto de influencia presupone un estado de vacío que el novelista es
capaz de rellenar desde un principio básico de verticalidad: en lo alto de la
pirámide intelectual está el novelista que in-fluye en el lector. De esta forma
el escritor opera como el cirujano ofreciendo una verdad desde lo alto.
Aceptando esta premisa, creer en la influencia de la novela fuera de los márgenes de la novela me parece
hoy una postura llamativamente extraña. Se trata de una postura aislacionista,
casi formalista, que obvia, evidentemente, la relegada posición de la novela
—como medio— frente a dispositivos mediales más efectivos a la hora de influir.
¿Cómo medir la capacidad de influencia ideológica de una novela frente a otros
medios? ¿Es que no es posible la influencia desde otro medio o mezclándose con
otros medios? La novela que pretende ser crítica y política (como esta de Isaac
Rosa o la última de Belén Gopegui) influye únicamente en el universo consensual
donde se acepta, no crea ningún tipo de disenso más allá del necesariamente autoimpuesto
para ser etiquetada como “política” (dentro de un marco politico-literario que
necesita esos gestos de cara al mercado). En este sentido puede ser una
narrativa política pero no crítica, es decir, básicamente consensual. Este tipo
de novelas (como unas cuantas de nuestra narrativa patria) son generadoras de
tensiones en el interior de la política de la novela pero no son artísticamente
políticas. Es decir, generan reflexiones que se encierran en el interior de la
política literaria (formada por instituciones, críticos, suplementos, blogs,
etc.) pero no generan un arte político, en tanto que son básicamente
consensuales, o responden a una lógica consensual donde, por ejemplo, el
excluido —figura hoy que sustituye a la difuminada figura de “el pueblo”— que
está fuera debe ser metido dentro a través de la contribución de la novela (o
del arte), es decir, a través de
una pedagogía narrativa.
Un caso llamativo sería el de Belén Gopegui en su última novela, Acceso no autorizado, también tildada de política en tanto que hay políticos entre sus personajes. Si nos referimos a una novela anterior como El lado frío de la almohada, donde defiende la revolución cubana, creo que las palabras del novelista cubano Juan Abreu en su novela Cinco cervezas lo dicen todo respecto a un posicionamiento político concreto: “Belén Gopegui ha declarado que la REVOLUCIÓN de la isla pavorosa es: un proyecto admirable y ojalá dure mucho tiempo y se extienda por todo el mundo. Esto mientras se zampaba una langosta en la isla llena de muertos de hambre y de prisiones y de poetas torturados y de bibliotecarios pateados y de escritores envilecidos y paseaba su coño acostumbrado al buen jabón y a exquisitas almohadillas sanitarias por un país donde las mujeres no tienen jabón para lavarse el culo ni qué ponerse en el bollo cuando menstrúan”. En su última novela, Acceso no autorizado, lo interesante es, sobre todo, la política de la novela. La recepción crítica de la novela aboga, precisamente, por el sentido crítico de la autora como soporte político de la novela. Laura Freixas en la revista Mercurio escribe: “Y en su trayectoria personal, Gopegui se ha mostrado siempre como una escritora incorruptible, que no tiene miedo de ir contracorriente ni se deja tentar por cantos de sirena”. Y añade que el carácter crítico reside en unos personajes que “son inteligentes, críticos con la injusticia social, y sin ser derrotistas, resultan algo tristes, ante la evidencia de su escaso —aunque no nulo— poder para cambiar el mundo”. Y concluye: “tiene una rara y valiosa cualidad: la de ejercer, sin miedo, el sentido crítico”. De nuevo hallamos la confusión entre crítica, capacidad de transformación, narratividad, etc. Ahora bien, en este caso la pregunta que me acosa —y no es nueva— es la que se refiere, insisto, a la política de la novela, en su forma de política editorial. ¿Se puede ser crítico publicando en una editorial como Mondadori? ¿Es legítima una crítica política si la editorial que publica el libro pertenece a la familia Berstelmann cuya ascenso económico y editorial se debió al apoyo y financiación de los nazis (su autor de cabecera fue el autor de la proclama de la quema de libros) y la otra parte del accionariado pertenece a Silvio Berlusconi; hecho éste que ha provocado que en Italia algunos escritores hayan decidido huir de esa editorial de apariencia cool? ¿No es este tipo de novelas “llamadas políticas” el necesario disenso que necesita toda sociedad para legitimar su sentido (y necesidad) consensual?


